Manifestarse para destruir, es negar la ciudad como un espacio plural. El odio es el único inquilino verdaderamente ajeno. La marcha del 4 de julio en la Ciudad de México, dejó cicatrices: cristales rotos, pintas racistas y agresiones xenófobas. Entre el tumulto, los extranjeros se convirtieron en chivos expiatorios de una furia legítima, pero extraviada e irracional.
El encarecimiento de la vida, el desplazamiento de los humildes, la erosión del tejido social propio ante lo foráneo, la mercantilización del espacio público, son heridas reales. La gentrificación, innegable y dolorosa, no es solo el turista o el nómada digital, ni responde a un solo culpable. Es un sistema que devora la CDMX, que encumbra torres de cristal, mientras expulsa a los suyos. Es hija de políticas de desarrollo fallidas, del abandono del Estado, de los vaivenes del mercado, de migraciones internas y externas.
Pero la violencia no es el bálsamo, sino un veneno que encona. La furia disfrazada de legítimo reclamo deviene, en su extravío, en una negación elemental: no es la ciudad quien protege, sino quien expulsa; no es el barrio quien resiste, sino quien ataca. Hubo un tiempo en que la CDMX prometía el encuentro y la solidaridad: aquí se fundaron refugios, aquí llegaron quienes huían del miedo. Convertir la defensa del derecho a la vivienda, en cacería del forastero, sólo reproduce la injusticia bajo otra máscara.
La nueva marcha, la del 20 de julio, debe ser un espejo, no un puño. Que exija justicia habitacional, sin xenofobia, que reclame una ciudad para todos, no para unos contra otros. La capital de la República, santuario de identidades, no merece ser campo de batallas estériles. Entre el esplendor y la ruina, la CDMX exige algo más complejo que la consigna fácil.
El vandalismo deshilacha el tejido vecinal y ahuyenta la inversión que genera empleo. El derecho de manifestación no ampara la destrucción de propiedad, ni la agresión al otro. Para transformar el descontento en progreso, es imprescindible canalizar la indignación hacia propuestas viables.
Mi propuesta es, también, una solución política y pacífica al problema: vivienda asequible para quienes han sido desplazados, incentivos para que los comercios locales sobrevivan, normativas urbanas con equidad social, impuestos progresivos sobre inversión especulativa y diálogo vecinal abierto sobre el porvenir urbano.
Defender la ciudad no es levantar muros, sino construir puentes de pertenencia. Así, la ciudad reconciliará su memoria con la esperanza de un futuro, donde el espacio común no sea privilegio, sino cauce de solidaridad y convivencia.