La política mexicana es pródiga en funcionarios que flotan sobre la realidad, indiferentes al dolor y la violencia que arrasan sus calles. Nadie espera confesiones espontáneas, pero sí se exige, al menos, el valor de no insultar la memoria colectiva.
Es inverosímil que un gobernador ignore el latir oscuro de su tierra. Adán Augusto López Hernández, quien rigió en Tabasco entre 2019 y 2021, asegura no haber sabido de “La Barredora”, un grupo criminal que, según acusaciones, operaba bajo la sombra de su administración. Hernán Bermúdez Requena, entonces secretario de Seguridad, hoy prófugo, es señalado como líder de esa banda.
La declaración, hecha con la serenidad del ajeno o del amnésico, no sorprende, pero sí ofende la inteligencia de los tabasqueños que padecieron la violencia de esos años. Un líder que no ve, no escucha o no intuye el peligro en su entorno no merece el nombre de gobernante.
¿Cómo pudo el gobernador no sospechar? La pregunta no es retórica: es un reclamo de claridad. ¿Nadie le informó? Las alertas estaban en portadas, reportes institucionales y lamentos de familias. Ignorar lo estridente no es inocencia: es complicidad o, cuando menos, negligencia que traiciona la responsabilidad pública.
Decir que las redes criminales fueron invisibles equivale a admitir que se gobernó a ciegas, o peor, que se gobernó mirando hacia otro lado, haciendose el tonto. La incredulidad no es sólo indignación: es también tristeza. Porque al negar lo evidente, se profundiza la herida social y se perpetúa la farsa de la impunidad. Decir “no sabía” no absuelve; al contrario, condena.
Porque el silencio del poder no es inocencia, sino complicidad. Tabasco merece respuestas reales, no cortinas de humo. La verdad, aunque duela, es el único camino para sanar una tierra herida por la desconfianza. Recordarle a Adán Augusto estos hechos, es un antídoto contra la impunidad, que pretende disfrazarse de olvido.