XVIII Domingo Ordinario Isaías 55, 1-3: “Vengan a comer” Salmo 144: “Abres, Señor, tu mano y nos sacias de favores” Romanos 8, 35. 37-39: “Nada podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús” San Mateo 14, 13-21: “Comieron todos hasta saciarse” Sobre la distribución de bienes hay quienes hacen cuentas alegres y presentan resultados positivos, pero lo cierto es que en muchas regiones sigue habiendo hambre y desnutrición. A pesar de la belleza de nuestra patria y de la riqueza en sus entrañas, tenemos muchos espacios considerados de extrema pobreza, con desnutrición, mortandad infantil, analfabetismo y enfermedades recurrentes. Es insultante el contraste entre los millones de gastos superfluos e innecesarios, en armas, en protección, en propaganda y ruido, mientras los niños desnutridos y las mujeres anémicas siguen desfalleciendo en nuestro territorio. Los políticos se encargan de disfrazar, con tantos por cientos y proporciones medias, la realidad del hambre que se siente en el estómago y en la boca de cada persona. Quisiera creer que son verdaderas las cifras que se presentan como avances, pero en la pobre mesa de miles de familias se ve cada día más miseria y menos alimentos. Frente a un mundo de despilfarro, suenan muy actuales las palabras del profeta Isaías: “¿Por qué gastar el dinero en lo que no es pan y el salario, en lo que no alimenta?”. Si lo primero es vivir con dignidad ¿por qué seguimos las normas de un mundo tan injusto, desequilibrado y superficial? Los milagros de Jesús muestran su divinidad y su poder, pero también encierran enseñanzas que nos confrontan con las actitudes ordinarias que tomamos. Así, el milagro de hoy no queda solamente en la bella escena de la multiplicación de los panes que sació a aquella multitud, sino nos coloca irremediablemente frente a la ola de migrantes, campesinos, obreros, desempleados, que empujados por el hambre parecen desfallecer. Simbólica y llamativa la nota que nos describe el momento concreto cuando los discípulos dicen: “Estamos en despoblado, empieza oscurecer… no tenemos más que cinco panes y dos pescados”. Ahora podríamos añadir muchas otras circunstancias que hacen difícil proporcionar alimentos a las multitudes hambrientas: la escasez, la multiplicación de la población, el desplome comercial y un largo etcétera que parecería disculparnos. Pero frente al hambre y a la necesidad del hermano, Jesús no admite excusas: “No hace falta que vayan. Denles ustedes de comer”. Jesús no acepta nuestra retirada ni nuestra indiferencia, nos involucra en un problema que es nuestro y frente al cual no podemos estar indiferentes. Los discípulos no adoptan la postura despreocupada de muchos de nuestros contemporáneos que culpan de la pobreza y del hambre a quienes la padecen. Robustecen el sistema acusando directamente a sus víctimas como lo estamos viendo en las soluciones que se proponen para salir de la crisis económica mundial. Se busca proteger a los que más tienen a costa de los pueblos pobres. Ya San Juan Crisóstomo solía decir que la división de la humanidad en ricos y pobres convierte a unos en inhumanos y a los otros en infrahumanos. Pero ahora todo lo quieren disimular con el anonimato y se piensa que nadie tiene la culpa de todas estas injusticias, como si tuvieran la culpa las leyes naturales y no fuera responsabilidad de la ambición de los hombres. Sin embargo, los discípulos tampoco se quieren hacer responsables