Hay momentos de mi vida en que puedo arrastrarme hacia los pies de Jesús, con toda mi porquería, con todas mis prepotencias, con toda mi ceguera, con todo el peso de mis pecados de vanidad, sensualidad, difamación, mentiras… y puedo derramar con libertad mi existencia a los pies de Jesús.
Cuando vamos así a la oración, con actitud de pecadora pública (Lucas 7, 36-50), que eso es lo que somos, la oración mental cambia bastante.
Hace falta rebajarnos así para ser tocadas por Él, porque seguro que Jesús acarició la cabeza de esa mujer.
Así ya no es más nuestro perfume, nuestra manera de ver el mundo, las cosas, sino que en esa oración se empieza a extender el aroma de la carne de Jesús, su Espíritu de Vida, no sólo el mío… y ese aroma nos llega a todos.