Entrando a los años 80, Paul McCartney pasaba por una etapa muy extraña. Se había separado de Wings y había empezado una exitosa carrera en solitario, lanzando los álbumes McCartney II y Tug Of War. A nivel profesional no podía pedir nada más, pero había algo que no lo dejaba tranquilo, la muerte de su compañero en The Beatles y gran amigo, John Lennon.
Para intentar salir del bache que fue para él lo de Lennon e intentar volver a actuar como en A Hard Day’s Night, Help! y Magical Mystery Tour, a McCartney se le ocurrió una genial idea: grabar una película. ¿Qué podría salir mal? Ya era una leyenda, y no tenía nada que perder.
La verdad es que Paul le estaba apostando todo a este proyecto, ya que contaba con 9 millones de dólares como presupuesto y muchas ganas de volver a estar en los cines. Para grabarla, contó con el apoyo de su mujer Linda, y de su eterno amigo Ringo Starr junto a su esposa, la estrella de cine Barbara Bach. La idea era muy similar a la de Let It Be, un documental que contaría la vida del músico mientras grababa un nuevo disco; pero de pronto la idea fue descartada, porque realmente Paul McCartney quería actuar.
Así que, en lugar de ser cono Let It Be, el argumento se empezó a tornar más como A Hard Day’s Night. Para ello, contrató a dos guionistas renombrados, Tom Stoppard y Willy Russell, que en ese momento habían hecho grandes películas como Shakespeare in love y Educando a Rita respectivamente. Aunque con ellos a bordo todo pintaba bien, McCartney decidió que sus ideas no eran lo que buscaba y prefirió hacerlo todo él solito. Así es, pudo más el ego de Sir Paul y ahora palomeó otra palomita más en un CV; guionista.