Edgar Neville pasó de ser un joven apuesto y atlético al caballero de la oronda figura de sus últimos años. Uno y otro, siempre sonrientes, bon vivants sin límite horario, escalaron los más altos salones y descendieron a las más animadas verbenas, haciendo de cada instante, por intrascendente que fuera, una belle epoque.
Edgar Neville pasó de ser un joven apuesto y atlético al caballero de la oronda figura de sus últimos años. Uno y otro, siempre sonrientes, bon vivants sin límite horario, escalaron los más altos salones y descendieron a las más animadas verbenas, haciendo de cada instante, por intrascendente que fuera, una belle epoque.