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Ser resucitado de la tumba es la única esperanza de vida eterna para los seres humanos que han fallecido. Las Escrituras nos revelan que habrá tres diferentes períodos de futuras resurrecciones para todos aquellos que hayan muerto. Cuando Jesucristo regrese, ocurrirá la primera resurrección a vida eterna para todos aquellos siervos fieles de Dios que hayan muerto a lo largo de los siglos. Estas personas resucitarán de sus tumbas, y junto con aquellos seres humanos que estén vivos y tengan el Espíritu Santo en ellos, serán transformados en seres espirituales inmortales. Después del reinado de 1.000 años de Jesucristo en la Tierra, habrá una segunda resurrección a vida física para la mayoría de las personas que han vivido. Estas personas entonces tendrán su primera y única oportunidad para escuchar, entender y responder al llamado de Dios. Si ellas se convierten, recibirán la vida eterna. Habrá una tercera resurrección para los incorregibles, a un breve período de conciencia, en el cual recibirán el juicio justo de Dios —su destrucción en el lago de fuego. Esta resurrección está reservada para aquellos que han rechazado el ofrecimiento de salvación de Dios y van a cosechar la muerte eterna, también llamada la segunda muerte, de la cual no hay resurrección.
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Al final de esta malvada era presente, Jesucristo regresará a la Tierra de un modo visible, para establecer el Reino de Dios y reinar por los siglos de los siglos, comenzando con un período de 1.000 años, comúnmente llamado el Milenio. Él se sentará en el trono de David, gobernando a todas las naciones como Rey de Reyes y sirviendo como Sumo Sacerdote a todos lo que lo reconozcan como su Señor y Dueño. Como está profetizado, en esa época Él restaurará todas las cosas y establecerá el Reino de Dios eternamente y para siempre.
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El cumplimiento de las promesas que Dios hizo a Abraham, un hombre llamado el padre de los creyentes, representa la fidelidad de Dios y nos da claves importantes para entender la profecía bíblica. Como lo prometió, Dios multiplicó sus descendientes de tal forma que Abraham se convirtió literalmente en padre de muchas naciones. Dios prosperó materialmente a sus descendientes: Isaac, Jacob (también llamado Israel) y los 12 hijos de Jacob que fueron los progenitores de las 12 tribus del antiguo Israel. Los descendientes de estos pueblos continúan siendo en la actualidad naciones prominentes (especialmente los descendientes de Efraín y Manasés), porque ellos han heredado las bendiciones físicas de Abraham. Además de las bendiciones físicas prometidas a Abraham, Dios le hizo otra promesa al patriarca —una promesa de herencia eterna por medio de su Simiente (Jesucristo), la cual todas las personas, sin importar su linaje físico, pueden recibir. Todos aquellos que respondan al llamamiento de Dios pertenecen a Cristo y son considerados la simiente de Abraham. Entender las promesas que fueron hechas a Abraham nos da un entendimiento más preciso del mundo actual y de los mensajes de los profetas.
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La Iglesia de Dios es un cuerpo espiritual compuesto por creyentes que tienen y son guiados por el Espíritu Santo. La Iglesia no es una denominación, organización humana o un edificio, sino el pueblo con el que Dios está trabajando en cualquier época. El nombre bíblico de esta iglesia es la “Iglesia de Dios”. Su misión es predicar el evangelio del venidero Reino de Dios y hacer discípulos de todos aquellos que respondan a su llamado, ayudándolos en su desarrollo espiritual y reconciliación con Dios.
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Debido a la enseñanza de Jesús de que debemos amar a nuestros enemigos y la instrucción de Dios con respecto a la vida humana, los cristianos no deben prestar servicio militar. La enseñanza bíblica es que si alguien odia a su hermano, es un asesino. Estar en el ejército traerá problemas para guardar el Sábado y los días de fiesta. Debido a que los cristianos deben obedecer a Dios antes que a los hombres, ellos necesitan mantener el control de sus vidas. Los cristianos deben ser cuidadosos y no permitir que asuntos humanos y preocupaciones los distraigan de su papel como embajadores en el venidero Reino de Dios. Cristo afirmó que su Reino no era de este mundo; por lo tanto sus servidores no pelearían.
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Diezmar es ordenado por Dios. Por medio del diezmo uno honra a Dios con sus bienes materiales y ayuda a la predicación del evangelio, provee para las necesidades físicas de la Iglesia y cuida de los miembros que lo necesitan. Un diezmo especial para las fiestas hace posible que uno pueda asistir a las fiestas ordenadas por Dios.
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Los animales identificados como “inmundos” en la Biblia no deben ser consumidos por los seres humanos. Las listas de los animales “limpios” e “inmundos” se encuentran en las instrucciones de Dios concernientes a lo que se debe y no se debe comer.
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Las siete fiestas santas anuales son ocasiones especiales para congregarse. Fueron dadas a Israel por Dios, a través de Moisés, y fueron guardadas por Cristo, los apóstoles y la Iglesia del Nuevo Testamento, y se nos ordena que las guardemos hoy. Estas fiestas revelan el plan de salvación de Dios para la humanidad. Y se seguirán celebrando durante el Milenio.
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La Pascua debe ser celebrada en la tarde, al comienzo del 14 de Nisán (Abib), de acuerdo con el calendario hebreo preservado por los judíos. Los símbolos de la Pascua del Nuevo Pacto instituidos por Jesucristo la noche antes de morir —el lavatorio de los pies, el pan sin levadura y el vino— hacen parte de este servicio. Los cristianos deben seguir la instrucción y el ejemplo de Jesucristo celebrando la Pascua anualmente como un memorial de su muerte.
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El séptimo día de la semana es el Sábado del Señor nuestro Dios, y en este día los seres humanos están obligados a descansar de su trabajo para adorarlo a Él. Establecido y bendecido por Dios en la creación, el séptimo día de la semana comienza al atardecer del viernes y continúa hasta el atardecer del Sábado. El Sábado es una señal que identifica y un pacto perpetuo entre Dios y su pueblo. Los verdaderos cristianos siguen el ejemplo de Jesucristo, los apóstoles y la Iglesia del Nuevo Testamento al celebrar el Sábado del séptimo día.
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