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El arrepentimiento es un don de Dios —un don que es necesario para la salvación y la correcta relación con Dios. Todos los que quieran ser perdonados de la pena de muerte que merecemos por el pecado, deben arrepentirse genuinamente de sus pecados, rendir completamente sus vidas a Dios y obedecer sus mandamientos. Ellos deben aceptar por fe a Jesucristo como su Salvador personal, su Señor y su Maestro, su Sumo Sacerdote y su pronto Rey venidero. Estas personas son justificadas, sus pecados son perdonados y como un acto de gracia divina, son bautizados y reciben el Espíritu Santo por medio de la imposición de manos. Con el bautismo ellos se convierten en parte del Cuerpo espiritual de Cristo, la verdadera Iglesia de Dios.
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El bautismo por inmersión en el agua después del arrepentimiento representa el perdón de los pecados, la sepultura del viejo hombre y el comienzo de una nueva vida en Cristo. Por medio de la oración y la imposición de manos después del bautismo, los creyentes arrepentidos reciben el don del Espíritu Santo y se convierten en parte del Cuerpo espiritual de Jesucristo. Al ceder al Espíritu Santo y someternos a su guía, aquellos que se han arrepentido y han sido bautizados experimentan un cambio verdadero en la vida, actitud y forma de pensar.
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Jesucristo fue levantado de la muerte por el Padre, después de que su cuerpo estuviera en la tumba durante tres días y tres noches. El tiempo en que Él estuvo en la tumba fue la única señal que dio para probar que Él era el Mesías. La resurrección de Jesucristo hizo posible la inmortalidad para los seres humanos mortales. Después de su resurrección, Cristo ascendió a los cielos, en donde ahora está sentado a la diestra de Dios el Padre como nuestro Sumo Sacerdote, hermano mayor y abogado ante el Padre.
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Dios amó tanto al mundo que dio a su único hijo engendrado para que los seres humanos pudieran tener vida eterna. En la perfecta justicia de Dios, la pena por nuestros pecados debía ser pagada en su totalidad. Después de vivir una vida humana sin pecado, aunque fue tentado en todo como nosotros, Jesucristo, el Hijo de Dios, murió como el sacrificio perfecto por todos los pecados de la humanidad. Por ser Dios en la carne y el Creador de toda la humanidad, su muerte hace posible que todas las personas y la humanidad en general, sean perdonadas de sus pecados y liberadas de la pena de muerte que merecen como consecuencia del pecado y sean reconciliadas con Dios el Padre.
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El pecado es la transgresión de la ley de Dios, que es espiritual, perfecta, santa, justa y buena. La ley de Dios está basada en dos grandes principios de amor a Dios y amor al prójimo. Los Diez Mandamientos exponen estos principios fundamentales de la ley de amor de Dios. Transgredir cualquier parte de la ley de Dios le trae a la persona la pena de muerte. Aquellos que aman a Dios y buscan la vida eterna lucharán por guardar los mandamientos de Dios. La obediencia a la ley de Dios produce felicidad y paz mental. La desobediencia a la ley de Dios produce miseria y contiendas y finalmente la muerte eterna.
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Las Escrituras, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento de la Santa Biblia, son la Palabra de Dios y contienen la revelación completa de la voluntad de Dios y su plan para la humanidad. Directamente inspiradas por Dios en pensamiento y palabra, son perfectas e infalibles tal como fueron escritas originalmente. Las Escrituras son la autoridad final y suprema para la fe y la vida. Son la fuente de doctrina y el fundamento de toda la verdad.
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El propósito de Dios con los seres humanos es integrarlos como hijos en su familia eterna. Si bien es claro que la vida eterna es un don de Dios, Él espera que sus hijos respondan a su llamamiento, desarrollen un carácter justo al sobreponerse al pecado y crezcan en la gracia y el conocimiento de Jesucristo. Cuando Cristo regrese a esta Tierra, estos seres humanos fieles nacerán como seres espirituales dentro de la familia de Dios y reinarán en la Tierra como reyes y sacerdotes con Cristo.
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Los seres humanos, tanto el hombre como la mujer, fueron creados a imagen de Dios con el potencial de compartir la naturaleza divina como hijos en su eterna familia. Los seres humanos son seres mortales que dependen de la respiración y están sujetos a la corrupción y a la decadencia. Ellos no tienen un alma inmortal ni poseen vida eterna en estos momentos. La vida eterna es un don de Dios, dado únicamente a aquellos que aceptan su llamamiento y los términos y condiciones expresados en las Escrituras. Dios les dio a Adán y Eva la oportunidad de elegir la vida eterna al obedecerlo a Él, o la muerte por el pecado. Adán y Eva sucumbieron al pecado al desobedecer a Dios. Como resultado de ello, la muerte entró en el mundo. Todos los seres humanos han pecado y por lo tanto están sujetos a la muerte. En el plan de Dios está dispuesto para todos los hombres que “mueran una vez”.
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El reino angelical, que consiste de varios tipos de seres espirituales, fue creado por Dios. Un antiguo “querubín protector”, Lucero, se rebeló contra la autoridad de Dios y se convirtió en Satanás el diablo. Como Lucero, él influyó en una tercera parte de los ángeles para que lo siguieran. Aquellos que lo siguieron a él son ahora espíritus malignos conocidos como demonios. Satanás el diablo es el adversario tanto de Dios como de la humanidad. Él y sus demonios influyen en la humanidad para que rechacen a Dios y a su ley. A estos espíritus malignos se les ha dado dominio temporal sobre el mundo y han engañado a la inmensa mayoría de los seres humanos. Los ángeles que permanecieron fieles a Dios sirven como espíritus ministradores para aquellos que están respondiendo al llamado de Dios.
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Dios el Padre es un Espíritu que ha existido por la eternidad, un ser personal, perfecto, lleno de amor supremo, inteligencia, conocimiento, justicia, poder y autoridad. Fue por medio del Verbo (quien se convirtió en Jesucristo) que Él creó todas las cosas que existen. El Padre es la Fuente de la vida, el Sustentador del universo por medio de su poder. Hay un Señor, Jesucristo, quien también ha existido eternamente. Él vino a la Tierra para hacer la voluntad del Padre. Él es el Mesías, el Cristo y el Hijo divino del Dios viviente, que nació en la carne, de la virgen María. Dios es una familia eterna que actualmente consiste en el Padre y el Hijo. Tanto el Padre como el Hijo están involucrados en la obra creativa de expandir su familia trayendo muchos hijos (hijos e hijas) a la gloria. El Espíritu Santo es el poder de Dios y el Espíritu de la vida eterna, no un ser o entidad aparte.
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