La victoria es como una flor, hay que regarla. Y el Deportivo de Vázquez va sobrado de manguera, por lo que parece. En alguna intersección entre la convicción, la buena ejecución, la resiliencia y la pura chorra, los blanquiazules (que ahora mismo tanto da si lo son en vertical como en horizontal, pues no hay meigallo que los tumbe), encontraron la séptima victoria consecutiva. El pellizco que nos tendrían que dar para despertarnos ahora mismo de este sueño debería de ser del calibre de los que daba aquel brujo de un templo maldito que quería arrancar el corazón de Indy. Benjamín y Manuel se suben al sidecar como los doctores Jones mientras beben lágrimas de Pepe Mel y recogen los añicos de alfarería que provocó el gol de Koné en el bendito descuento de Alcorcón. Vuelven los (polla)viejos buenos tiempos, los de ganar partidos y grabar en domingo; los de salir del Feirón con la sensación de que no nos han timado; los de colarse en las oficinas de la plaza de Pontevedra para conseguir documentos exclusivos; los de saber que los mensajes de Miguel y de Artabrias traen buenas nuevas; los de hablar sobre carros (y buses); y los de comentar San Remo. Como decía José Luis, el de Montouto, si esta flor no te gusta, nos lo demandas, ¡uh, ja!