El Deportivo lleva la mascarilla en la papada; hace un día que no se lava las manos pero se agarra de la barandilla para subir la escalera; te roza en el pasillo de las legumbres del supermercado; se arrima a los colegas para saludarlos de risas con un codazo; echar un piti en la concurrida terraza del bar; y, ya se lo perdonaréis, no le da tiempo a taparse la nariz cuando estornuda. Después, el día que lo detienen y lo someten a cuarentena forzosa tras contagiarse de coronavirus, te dice: “Quiero pedir disculpas a todos los que se cruzaron conmigo en la Fase 2 por el error cometido al no cuidarme a mí y a los demás a pesar de las múltiples y unánimes advertencias, los comentarios negativos y las presiones para que no hiciese el tonto”. Es lo maravilloso de este club, que vive al límite y lo hace a propósito, sin vergüenza para reconocerlo. Aquí el que no tenga un cuajo a la altura del consejero non grato dispuesto a acudir a las reuniones en las que no será bienvenido, no es digno de experimentar este sadismo autoimpuesto, estas flagelaciones con látigo de siete colas en la paciencia de la afición. Y en medio de esta tortura sentimental, Benjamín y Manuel con máscara de látex y sin palabra de seguridad, con Artabrias y Miguel derritiéndoles cera sobre el carné de socios. Deportivo, más de 100 años intentando vivir deprisa para dejar un bonito cadáver. ¡Cuánto sufrimos, Martín! Podcast, más de tres años girándole el volante a James Dean en el último momento para salvarlo del tortazo.