“Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo beneficio deportivo”. Parafraseando al fantasista de la lengua castellana Eme Punto Erre Punto, queremos expresar de nuevo que el Deportivo es el más insondable de los misterios. Es la más pura eventualidad, la máxima expresión de que lo que sucede, conviene, porque no conocemos otro modo de seguir adelante. El deportivismo son dos mejillas encarnadas acostumbradas a esperar un sopapo de ida y otro de vuelta, a las que sin aviso les plantan un beso reparador. Desde la muerte de Tony Scott no se había visto otro thriller audiovisual tan trepidante como los diez últimos minutos del empate (lástima de paperas) frente al Rayo. Y comparando en el muestrario de venenos si es mejor matarse una noche de San Xoán con el dolor de un ascenso frustrado o con la agonía de un descenso a la C, nos encontramos con un antídoto. Vivimos como un cerdo trufero, como un pionero buscando pepitas en el Yukón: a la espera del premio inesperado. Sucedió en Elche y al menos durante unos días el fútbol nos ha vuelto a gustar. Así que Benjamín y Manuel se reúnen para saltar la hoguera de las vanidades pre-asamblea de accionistas, brindan con Miguel y Artabrias, y por un momento se vuelven a sentir como en casa. El Twitter Dépor echa humo, Vidal se hace un Mitroglou, las cuentas B buscan casito, el agente de un futbolista la monta gorda, Çolak cholaquea, surgen peleas por ver quién quiere más a Fernando Vázquez… ¡Ay, los viejos buenos tiempos!