¿Se nos pasó el berrinche? Pues un poco sí. Es lo que tiene el “nosce te ipsum”. Llegaron las primeras tortas a mano abierta, los calderos de agua fría (que no de ilusión) y el Deportivo zozobró de una manera más terrorífica que cualquier noche de difuntos. El deportivismo amonestaba, “Deportivo, que nos conocemos”. Y el equipo no espabilaba, como si no supiese qué esperar de él mismo, porque ya no se reconocía como aquel que apuntaba a avasallador en el arranque de campeonato pues a cada nueva jornada mostraba la cara amarillenta y trémula de un flan de huevo. Así que, en lo que el club tardó en fichar un nuevo psicólogo, alguien en ese vestuario le miró la cara el enfermo y le diagnosticó el típico resfriado común futbolístico, el que padecen esos equipos que se creen ya maduros antes de tiempo y que solo se cura con un mucho de calma y otro tanto de guardarse de los errores propios para que aparezcan primero los ajenos y, a su abrigo, hacer que florezcan los aciertos o, al menos, lo parezca. Lo que viene siendo no encajar, aprovechar el balón parado para paliar la falta de puntería en juego y convencerse de que las ligas no duran solo diez partidos al igual que los encuentros de Copa no tienen por qué terminar en el minuto 90 (esto nos lo tenemos que creer, pues no había sucedido antes de grabar este episodio). Y así es como, un episodio de ¡Cuánto sufrimos, Martín! Podcast más tarde, nuestra precaria salud mental colectiva parece preparada, ahora sí, para aguantar hasta el final de la temporada. Tan solo falta que el próximo artista que lleve el club al descanso de un encuentro en Riazor sea uno de esos que frota cuencos tibetanos a ver si somos capaces de calmarnos todos y todas de una santísima vez, Deportivo megacondioscoñoyabastadejugarasíconnuestrasemocionesygracias.