Habiéndose limpiado los chakras en el barro y llegado a la paz consigo mismo tras incontables desencuentros entre la obligación de su historia, el recuerdo de sus éxitos y el peso de sus deudas, el Deportivo amanece de regreso en Primera División decidido a escribir, ahora sí, una nueva página con la mirada situada en el porvenir. Quizás por eso el club, bien asesorado, haya entendido que era necesario un gesto cargado de simbolismo que lo acerca a su gente y lo trae más cerca del presente y, ojalá, del futuro. El Real Club Deportivo, nombre inmutable, normaliza su apellido y lo asimila al de la ciudad que lo acoge coincidiendo con su 120 cumpleaños. ¡Cuánto sufrimos, Martín! inicia su temporada estival saludando ese acierto y el resto de planes ilusionantes de la propiedad, pero también señalando cada una de aquellas ocasiones en las que Escotet les mira a los ojos y ve en Benjamín y Manuel un cliente y no un hincha. Para rebajar la cota de bolcheviquismo y para justificar el desembolso que tocará hacer en un nuevo carné y una nueva camiseta con escudo actualizado, se dan un paseo por el feirón: lo arrancan con entusiasmo y lo terminan con depresión al percatarse de la complejidad del mercado que viene. No saben quién es nadie (tanto tiempo lejos del fútbol profesional) y, percibiendo la precariedad económica del fútbol español, reparan en que quizás no quede otro remedio que entregarse a los sobres sorpresa. Bueno, y a la fortuna de ser deportivista, una condición que permite soñar con el retorno a casa del lateral izquierdo de la Roma. Con Angeliño Tasende bautizamos un verano en el que deseamos grabar tantos episodios como fichajes acometa Fernando Soriano.