Por: Jorge Arturo Estrada
El presidente no detiene la marcha, avanza implacable y aplasta a los que se le oponen. Combate a quienes lo desafían, los dobla, los encarcela o los hace replegarse. Le conviene la polarización y polariza cada día. Su partido es caótico, dividido y disperso: así lo prefiere y así los domina; y, al que no le guste que se vaya. En la actualidad, Andrés Manuel es el único líder eficiente en lo político. Los demás no tienen estatura para enfrentarlo, mucho menos para detenerlo. Es el único con un plan en marcha rumbo a la sucesión, el Maximato o la reelección. Por lo pronto, destruye al INE y a la democracia por medio de sus dóciles legisladores. Mientras los ciudadanos, apáticos, solamente miramos.
López Obrador, sabe que no es invencible. Las dudas lo asaltan. Los clasemedieros, los arribistas, son un peligro electoral para su Cuarta Transformación, impredecibles. Por eso, requiere desprestigiar al Instituto Nacional Electoral y se dispone a mutilarlo, mientras termina de demolerlo. La trasformación ya fracasó y su gobierno es fallido. El presidente está obsesionado con el poder y ya nos metió en esa dinámica.
Morena es él, los seguidores son suyos. Que se vaya quien quiera y muy pocos lo seguirían, no tienen estatura. AMLO proyecta que con cualquiera de sus tres corcholatas obtendrá los votos necesarios para ganar. Supone, y así lo pide, que sus seguidores fervorosos votarán masivamente por su designado, por el ungido. De esta forma, tiene a la mitad del país seducida por sus rollos o por sus becas. La otra mitad, está molesta pero descabezada y despolitizada, no hay líderes. La clase política mexicana, siempre tan nefasta, está atemorizada por el poderío del tabasqueño; así, obedecen y negocian, se doblan por las buenas o por las malas.
Así, sin líderes reales, los priistas de todos los tamaños, ni siquiera pueden derrocar a su dirigente, Alejandro Moreno, que se convirtió en un elemento tóxico que todo lo contamina y lo envenena. El PRI ya es sólo es la tercera fuerza política del país, ya solamente le quedan dos gubernaturas que estarán en disputa el 2023: el estratégico Estado de México con su padrón de 12 millones de electores y su presupuesto anual de más de 300 mil millones de pesos; y Coahuila, que tiene un padrón de dos millones 250 mil y un presupuesto de 60 mil millones, solamente. Para tener una idea, la lista de electores de la Ciudad de México es de siete millones 700 mil votantes.
En ambas entidades, el PRI requiere ir en alianza con el PAN y el PRD para poder competir contra el tsunami morenista. Si fuera en solitario, perdería. Hace cinco años, ganó, en los dos estados, por menos del tres por ciento de los votos; y lo logró por la dispersión del voto anti-PRI entre varios candidatos y con una ayudadita del tribunal electoral para el caso coahuilense.
El Estado de México está en riesgo de perderlo el 2023, el gobernador Alfredo del Mazo podría negociar con AMLO, traicionar y convertirse en embajador de exilio dorado. En Coahuila, la elección se percibe también muy cerrada. Todas las encuestas marcan empate técnico entre la Alianza y Morena. Manolo Jiménez, es el más competitivo de los aliancistas y por los morenistas el voto sería igual por Armando Guadiana, que por Ricardo Mejía y que por Luis Fernando Salazar. Aunque, fue evidente que quien les metió intensidad a las precampañas fue Mejía Berdeja, quien con su estilo cimbró a los liderazgos tricolores, los puso nerviosos; reclutó a prianistas marginados, en todas las regiones, y se convirtió en el enemigo a vencer. Sin embargo, la respuesta de López Obrador ante las protestas del lagunero fue brutal: “si no les gusta que se vayan”.
La decisión de López Obrador, de apoyar a Armando Guadiana para ser aspirante morenista para el 2023, causó alivio entre los priistas y en algunos hasta alegría. Ellos, ya piensan que no será tan difícil vencer a Don Armando, quien ha perdido en dos de las tres elecciones en las que ha participado