Por: Lídice Valenzuela
Las últimas horas fueron una vorágine en Argentina. El Congreso Nacional aprobó por mayoría la refinanciación de la multimillonaria deuda contraída por el gobierno del derechista Mauricio Macri con el Fondo Monetario Internacional (FMI), herencia dejada a la actual y a las futuras generaciones de la llamada nación porteña.
El monto de la deuda es una montaña de dinero ascendente a 44 000 millones de dólares (eran más de 50 000 millones) que expertos consideran impagable, pero que el presidente Alberto Fernández y su ministro de Economía, Martín Guzmán, trataron como una cuestión de dignidad y, según sus criterios, la única manera de alcanzar nuevas inversiones. Esto, por supuesto, no llevará comida a la mesa de los 28 millones de pobres existentes en ese país, antes uno de los más ricos de América Latina.
A pesar de la expectativa popular expresada en las calles, en los movimientos sindicales y sociales, y en diferentes polos del oficialista Frente de Todos (FdT) (13 de sus senadores votaron en contra), primero la Cámara de Diputados y luego el Senado dieron el visto bueno (en un estimado de un 80 %) en lo que ya es la ley de refinanciamiento del acuerdo del exmandatario con sus acreedores.