Caballos y carros, y un gran ejército, encerraron al profeta en Dotán. Su joven siervo estaba alarmado. ¿Cómo podían ellos escapar de tal contingente de hombres armados? Pero el profeta tenía ojos que su siervo no tenía, y podía ver un más grande ejército, con armas muy superiores, que lo protegía de todo mal.