Cuando queremos o buscamos que Dios transforme nuestras vidas, nuestras historias, incluso, nuestros destinos, no es suficiente invitarlo a nuestras vidas: hay que escucharlo, sentarnos a sus pies, dejarnos enseñar por él. Solo así podremos descubrir a Dios que nos habla en el silencio, en el hermano que sufre y en el necesitado; y solo encontrándonos con él, obtendremos la salvación.