Con regularidad, cuando meditamos el pasaje de la mujer sorprendida en adulterio, centramos nuestra atención en la infinita misericordia de Dios mostrada en Jesús, pero pocas veces prestamos atención a la invitación que le hace el Señor al pedirle que no vuelva a pecar. Para abandonar el pecado hay que tomar la decisión, forjar un plan y ponerlo en marcha, de otro modo, seguiremos alejados de Dios.