Como siervos de Dios, a veces podemos caer en la trampa de enfocarnos más en cumplir tareas que en recordar para quién las hacemos. Pero el propósito nunca ha sido la actividad en sí, sino las personas. Jesús, al ver a la multitud, no pensó primero en la logística, el cansancio o la hora. Tuvo compasión. Vio su necesidad y actuó. No lo hizo en todo momento, sino en el momento preciso en que el Espíritu lo guió a ver. La gente era el centro. Así también nosotros debemos mirar más allá de la tarea y ver los rostros, las vidas, los corazones detrás de lo que hacemos. Porque el llamado no es simplemente a servir, sino a amar.