Queridos hermanos y hermanas, vivimos en un mundo lleno de heridas, de dolores no sanados, y de relaciones rotas. A lo largo de nuestras vidas, todos hemos experimentado el dolor de ser heridos por otros, y también el remordimiento por haber causado daño a alguien más. En este contexto, el perdón se convierte en un acto radical, un acto que va en contra de nuestras inclinaciones naturales, pero que es absolutamente esencial para nuestra sanidad espiritual y emocional. Hoy quiero invitarles a reflexionar sobre el perdón, ese don divino que tiene el poder de romper las cadenas del resentimiento, de restaurar nuestras relaciones y de liberarnos para vivir en la plenitud de la paz de Dios.