Gobernar es elegir, pues los recursos siempre son escasos. Mucho de ese dinero público ya está comprometido de antemano, pero siempre hay un margen para el uso en ciertas prioridades. En ocasiones, sin embargo, no hay estudio ni planeación, sino caprichos de gobernantes, sean dictadores o encabezando regímenes autoritarios. Es el caso de muchas grandes obras que se convierten en monumentos a la vanidad de aquel que manda, intentos por perpetuar un legado a las futuras generaciones. Y en el México actual del presidente López Obrador, un caso excepcional de esta clase de caprichos lo representa el recién inaugurado Tren Maya.