El Reino de Dios no se mide por las riquezas, el poder o el éxito. Se mide por la humildad, la compasión y la fidelidad a Dios en medio del sufrimiento. Nos invita a vivir con generosidad, a confiar en Él en nuestras luchas y a recordar que, aunque enfrentemos dificultades, en el Reino de Dios hay una promesa de consuelo y justicia. Que este llamado a la reflexión nos impulse a vivir de manera diferente, con los ojos puestos en el Reino y buscando siempre la verdadera bendición que proviene de vivir según el Evangelio.