Belén, en el año del censo romano, era una aldea judía de las colinas de Judea, caracterizada por casas de piedra caliza y terrazas de olivos. La vida estaba dominada por la agricultura, el pastoreo y el peso de la ocupación romana (tributos e impuestos de Augusto). Su tranquilidad habitual se vio alterada por el decreto imperial, forzando a parientes de la estirpe de David a regresar, provocando hacinamiento y escasez de agua. La hospitalidad tradicional fue puesta a prueba, llevando a muchos, incluida una joven pareja de Nazaret, a buscar refugio en establos o cuevas anexas a las viviendas para pasar la noche. Este era un lugar de pobreza, fervor religioso y profunda expectación mesiánica.