En mil novecientos cuarenta y tres, Córdoba se estremeció con el crimen de la calle San Pablo. Francisco Reyes, un barbero ejemplar, degolló a su amigo Enrique Gallego en la intimidad de su local. Con frialdad quirúrgica, descuartizó el cadáver, arrojando los restos al Guadalquivir, excepto la cabeza, cuyo hallazgo selló su destino. El motivo, oculto tras un pacto de silencio, sugería una relación prohibida que Francisco prefirió silenciar con sangre antes que enfrentar el deshonor social. Tras su ejecución, una extraña fatalidad acabó con su verdugo, consolidando este relato como la crónica negra más oscura del siglo veinte cordobés.