“Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. Al final de la consagración el Sacerdote nos recuerda el misterio que hemos presenciado: “este es el misterio de nuestra fe” y es que es así, nos acercamos con fe y devoción al Misterio Eucarístico. Su presencia brota de su amor compasivo y misericordioso, es el Dios con nosotros, Dios está ahí, ahí en el Sagrario, ahí en la Eucaristía y se ha quedado porque sabe lo frágiles y pobres que somos, sabe que le necesitamos tocar, sentir su presencia. Y es que el modo de proceder de Dios es así, sencillo, desapercibido, es tan grande que se puede hacer pequeño, Dios que se encarna, Dios que nace en una cueva porque no había sitio para él en el mesón… Dios que se queda en un trozo de pan, esto es muy grande y muy fuerte; piénsalo en frío, Dios está ahí en un trozo de pan.