Un gigantesco atasco en la autopista que conduce a París detiene a cientos de coches… durante días.
Al principio parece una retención más. Pero el tiempo pasa. Y pasa. Y nadie avanza.
Los conductores —identificados por el modelo de su coche (el Dauphine, el Peugeot 404, el Simca, el Taunus…)— empiezan a organizarse. Se reparten comida, agua, información. Surgen alianzas, tensiones, jerarquías improvisadas. El atasco deja de ser un incidente y se convierte en una pequeña sociedad cerrada.
Entre el ingeniero del Peugeot 404 y la joven del Dauphine nace una relación afectiva, frágil, marcada por la espera y la incertidumbre. El aburrimiento inicial evoluciona hacia una forma de convivencia forzada. El tiempo pierde su medida habitual: ya no se cuentan horas sino días suspendidos.
Finalmente, de manera inesperada, el tráfico comienza a moverse.
La sociedad improvisada se disuelve con la misma rapidez con que surgió.
Cada coche vuelve a ser un individuo aislado.
La relación se pierde en la aceleración.