Asistir, celebrar y participar de la Eucaristía es, para nosotros los bautizados, refrendar nuestro compromiso con Dios y con la realidad. Al escuchar y meditar la Palabra descubrimos como Dios va realizando sus planes de salvación, algunas veces, incluso, por personas que no lo conocen o no creen en él. De ahí que asistir a la Misa sea también aceptar el desafío de un mayor compromiso en la transformación y renovación de aquellas estructuras sociales, políticas y económicas injustas y, que lejos de favorecer a la persona la oprimen y explotan. Por eso mismo, los cristianos rezamos por las autoridades y cooperamos con ellos en todo lo que sea bueno y justo, aunque a veces no sean creyentes.
Aun cuando se reconoce la autoridad legítima de los gobernantes, como creyentes sabemos bien que Dios está y estará siempre por encima de todo poder de este mundo y, en ese sentido, reconocemos a Jesucristo, el Hijo de Dios, como el único Señor y, sólo a él damos todo cuanto somos y tenemos, pues lo reconocemos como Aquél que dirige el curso y el rumbo de la historia universal hacia su plenitud en el Reino de Dios.
Hemos de valorar la historia humana, tanto local como universal, de manera positiva, pues de ella se vale Dios para que su plan y proyecto de salvación se vayan ya realizando desde este mundo. En este sentido, descubrimos la mano de Dios en la historia en la bondad o en los principios éticos y sociales de pueblos y gobernantes que anteponen el bien a todos los otros valores. Es decir, Dios se hace presente ahí donde la cultura a favor de la vida y de los que menos tienen florece y da frutos de libertad e igualdad, dando pie a una comunidad que responde al Evangelio desde la fe, la esperanza y el amor y, no sólo desde los criterios del poder, del dinero y del progreso desmedido que destruye la casa común y deja fuera a los más débiles.
Es cierto que lo descrito arriba puede llevarnos a descalificar nuestra actual sociedad, a enjuiciarla negativamente; pero, seamos realistas y honestos con nosotros mismos: una sociedad perfectamente cristiana no existe. Sin embargo, a pesar de las dificultades que se pueda experimentar no podemos, simplemente, caer en el desánimo ni en el conformismo ni en el abandonar la fe; al contrario, partiendo de la elección definitiva que hemos hecho por el Evangelio ha de ser la esperanza de un mundo mejor, más cristiano y por lo mismo más humano y justo lo que nos debe impulsar.
Lograr una sociedad y un mundo en el que los valores evangélicos sean el pilar de la estructura y organización política no es sencillo, pues el Reino de Dios no coincide con el reino de Roma o del dinero. Hemos de aprender a vivir en una sociedad regida desde el reino de Roma, pero no debemos someternos a él, sino que desde la libertad cristiana hemos de entregarnos plenamente a Dios, pues sólo a él le pertenecemos.
Dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios quiere decir lo siguiente: Un buen cristiano dará al estado lo que le corresponde, pues es algo socialmente necesario; no obstante, en su corazón llevará siempre la imagen de Dios. Un buen cristiano usa, e incluso disfruta, de los bienes de este mundo con eficacia, pero lo que no hace es entregar, postrar y vender el corazón al dinero y a los bienes materiales.
Un buen cristiano no se escapará del mundo huyendo hacia el cielo, sino que afrontará el desafío de ser corresponsable en la búsqueda del bien común y del cuidado de la casa común; reconocerá la dignidad de toda persona, pero siempre desde la idoneidad y valores evangélicos. Así que cuidémonos de caer en la trampa de querer agradar al dinero y al poder. Al único que hemos de agradar es a Dios, tal como Jesús, que no quiso agradar a los hombres, sino sólo a su Padre. Y, si bien somos llamados a cooperar con el mundo y sus autoridades para hacerlo un lugar mejor, también es cierto que esto no incluye darles siempre la razón o buscar su aplauso; porque la razón es siempre de Dios.