Al congregarnos para celebrar la Eucaristía somos invitados a servir a Dios de todo corazón para así percibir los frutos de su misericordia en nuestra vida. Por eso cada Eucaristía inicia siempre con el reconocimiento de nuestros pecados y, al mismo tiempo, anhelamos y pedimos el perdón de Dios. El mayor signo de su amor y misericordia es el perdón ilimitado que recibimos de parte de Dios. Él siempre está dispuesto a perdonar. Al igual que Dios, también nosotros somos llamados e invitados a practicar un perdón sin límites ni condiciones; un perdón que nos lleve a restablecer la comunidad y la unidad. Perdonar al prójimo será siempre la mejor manera de servir al Señor y, es al mismo tiempo, lo que permite constatar que hemos acogido y percibido el fruto de la misericordia que el Señor tiene con nosotros.
El mensaje central de este día es el perdón y la misericordia. Por eso ya desde la primera lectura se nos invita a perdonar la ofensa al prójimo, a no guardar nunca, en el corazón, sentimientos de rencor, odio o deseo de venganza y desquite. El Evangelio, por su parte, nos recuerda que hemos de perdonar no siete, sino hasta setenta veces siete, es decir, siempre y de manera ilimitada. Somos llamados a aprender a perdonar y a practicar un perdón sin condiciones ni reservas. Así, el perdón ha de ser para nosotros algo cotidiano y ordinario, sólo así somos capaces de imitar y vivir en nuestra vida la inapreciable misericordia de Dios.
Seamos claros, quien aprende y sabe perdonar, se acerca mucho a la grandeza de Dios. Por lo mismo, quien no quiere perdonar y se aferra al deseo de venganza y desquite no es sabio y deja que su corazón se corrompa, se aleja de Dios y, se vuelve esclavo. Quien sabe perdonar actúa de manera sabia, pues imita a Cristo mismo y, al hacerlo alcanza un grado muy elevado de libertad: pasa del egoísmo radical a la vida en Cristo, una vida de entrega. Una vida de donación absoluta; vida que esta puesta al servicio y a la construcción de una mejor comunidad eclesial. El perdón sin medida y sin límites, tal como nos lo presenta el Evangelio de este día, ha de ser el signo distintivo de los bautizados, aquello por lo que hemos de ser reconocidos en el mundo.
Pero el perdón no sólo nos acerca a la grandeza de Dios, también nos hermana y hace solidarios con los prójimos. Nos enseña a no ser duros con ellos, a no ser como el siervo malo que es incapaz de perdonar una deuda pequeña, pero que suplica y se arrastra hasta lo inconcebible con tal de salvar su vida.
El perdón nos invita a ser desproporcionados, como el Rey de la parábola, que es capaz de perdonar y tener piedad, a pesar de que la deuda era mucha, incluso impagable. El perdón, entonces, nos salva de la dureza del corazón y nos lleva a practicar la compresión con otros, porque nos hace comprender que también Dios es comprensivo con nosotros. El perdón nos lleva a hacer cosas buenas por aquel que nos ha ofendido, porque el perdón es un modo de amar y, como discípulos de Jesús no podemos vivir de otra manera que no sea amando.
Hoy, podríamos preguntarnos lo siguiente: y yo, ¿Cómo me relaciono con mis deudores? No nos hagamos, en ocasiones actuamos como si todo el mundo nos debiera algo. Por eso, aunque suene simplón y romántico, el perdón es descubrir que nadie nos debe nada. Cuantas veces, en la vida familiar o en la convivencia comunitaria, hemos esperado poder cobrar aquello que creemos que nos deben: esperamos que nos den cariño, que nos traten con respeto, que no nos dejen en visto, que nos escuchen cuando hablamos, nos volvemos vividores de la espera y con la mirada, con nuestras palabras, gestos y acciones no dejamos de gritar: Págame lo que me debes.
Pidamos, en este domingo, la gracia de esperar todo de Dios y, la gracia de ser como él, que es capaz de perdonar aún la deuda más grande. Pidamos la gracia de tener un corazón misericordioso, para así no tratar mal al prójimo.