Cuando te muestras puro, inocente, sensible, espontáneo, amoroso, vulnerable… es ahí cuando se produce la magia. Es ahí cuando das y es ahí cuando puedes recibir. Es ahí cuando permites que el otro te vea, que el otro te comprenda y que el otro reconozca lo que ve en sí mismo. Esa es la magia de vivir sin corazas.