El 10 de agosto de 1557, el amanecer despuntó sobre la llanura de Picardía con una serenidad engañosa. El aire, cargado aún con la humedad nocturna, pronto se saturaría con el olor a pólvora, sudor y sangre. Ese día, en los campos al sur de la ciudad amurallada de San Quintín, dos visiones de Europa se enfrentarían en una colisión de acero y voluntad. De un lado, el imperio universal de los Habsburgo, encarnado en su rey español, Felipe II, una entidad poliglota y dispersa cuyo sol no se ponía. Del otro, el reino de Francia, compacto, renacentista y ambicioso, gobernado por Enrique II, decidido a quebrar el cerco que los Habsburgo le imponían desde España, Alemania e Italia. La batalla que se avecinaba no fue un mero choque de ejércitos, sino la culminación de décadas de rivalidad, el punto álgido de las llamadas Guerras Italianas (1494-1559), y un enfrentamiento que quedaría grabado a fuego en la memoria de ambos contendientes, definiendo el curso de la contienda y el destino de sus monarcas.