Imagina que te despiertas una mañana y, sin razón aparente, el mundo ha perdido color. No es tristeza. No es cansancio. Es como si una niebla espesa se hubiera instalado dentro de ti, amortiguando cada emoción, cada pensamiento, cada gesto. Te levantas, te vistes, respondes “bien” cuando te preguntan cómo estás… pero por dentro, todo está apagado. Incluso el deseo de seguir.
Esto no es una metáfora poética. Es la experiencia cotidiana de millones de personas con depresión. Y aunque hoy se habla más de salud mental que nunca, sigue siendo una de las enfermedades más incomprendidas, estigmatizadas y, paradójicamente, más comunes del mundo.