Yo salía con un neurocirujano famoso. Él decía que me amaba, que yo no tenía que preocuparme por nada, sólo por escribir, y que me instalara en su casa. Para eso tenía tantas habitaciones, salamandra, chimenea, plasma home theater, macbook pro, iphones, kindles, cama gigante y un acolchado de duvet traído de Estocolmo. Lo único que yo tenía que hacer era:
-escribir
-recibir los bidones de agua Nestlé cuando venía el señor del agua Nestlé
-llevarle la ropa a un laverap porque no le gustaba cómo quedaba en el lavarropas.
Fui al Once, compré 20 bombachas y me quedé. Mayormente me pasaba el día tirada en la cama gigante. No podía escribir porque lo único que se me ocurrían eran cosas que lo hacían quedar mal a él. Los detalles de su comportamiento daban para un montón. Pero habría sido ingrato.
Una vez quise lavar los platos para hacer algo. Me dijo que de eso se ocupaba la empleada y que yo escribiera. Yo quería escribir sobre el modo en que su panza le cubría el pito, su manera de decir “te llevo”, “te traigo”, “mis secretarias”, o “me pusieron una reunión”. Cómo se quejaba de los ateneos y de los viajes, si no eran vuelo directo, retaba a los organizadores. Después se tiraba muchos pedos. Yo aplastaba el acolchado de duvet para que no subieran a la superficie.
La chica del laverrap estaba ahí todo el día, parada frente a una plancha que sacaba vapor. Era flaca, morocha, con el pelo recogido en una colita baja. El negocio estaba rodeado por una rejilla como las que ponen en los balcones para que no se caigan los chicos o los gatos, o para que se trepen las enredaderas.
Pero ahí adentro sólo había ropa en bolsas. Y ella.
Tenía mi misma edad, seguro, pero me decía señora. Y era casi lo único que me decía. Cuando se acercaba para abrirme la rejilla y yo entraba el bolso no me miraba, seguía con los ojos a la altura de la plancha pero sin plancha. Tenía unas pestañas negras larguísimas.
Usaba una remera rosa desteñida que decía "You cant's scare me. I have twins". Era muy flaquita.
Yo le decía que afuera hacía frío, y que qué lindo estaba ahí, calentito con el vapor y qué rico es el olor a laverrap! Qué suerte que estás acá, es relajante. Ella sólo decía ¿le plancho las camisas al señor? ¿Para el martes está bien o el señor va a viajar?
-El señor... -agarré el piyama de mi novio- ¿Ves este agujero acá? -sacudí la tela gris comprada no sé dónde- lo hizo el señor de tantos pedos que se tira.
Ella se rió un poquito.
-Y si quiere las camisas planchadas que se las planche él. Y si no que dé sus charlas en buzo, quién se va a estar fijando.
Se rió un poquito más. Levantó los ojos. Las pestañas eran pesadas. Ella era realmente flaquita.
Yo quería quedarme ahí con el vapor y el perfume a Vívere y que tomáramos unos mates.
-¿Tenés mellizos? -le pregunté.
-No.
-Ah, por la remera.
Bajó el mentón y estiró la tela frente a sus ojos.
-... estaba en un bolso que no retiraron nunca... ¿qué dice?
-que sos hermosa.
Se quedó quieta.
-Y que nada te puede asustar porque tenés mellizos -me acerqué-. Pero si no es cierto...
Habíamos quedado muy cerca, y no sabía qué iba a pasar. Si nos íbamos a dar un beso, o si lo que ella parecía empezar a hacer coincidía con lo que yo pensaba, que si no era madre de mellizos, lo mejor era que se sacara esa remera.