22 Enero San Vicente mártir “Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio” (Papa Francisco) 1Samuel18, 6-9: “Saúl quería matar a David” Salmo 55: “En el Señor confío y nada temo” San Marcos 3, 7-12: “Los espíritus inmundos gritaban: ‘Tú eres el Hijo de Dios’. Pero Jesús les prohibía que lo manifestaran” Los éxitos producen la alabanza de las multitudes, pero ese mismo éxito con frecuencia provoca la animadversión y los ataques de otras personas. El triunfo de David sobre Goliat ocasiona los cantos y los vítores de las mujeres que salen a recibirlo, pero también suscita la envidia y el rencor de Saúl que se siente desplazado. Él mismo antes había recibido esas alabanzas, ahora se las entonan a David. También a Jesús lo siguen las multitudes y lo aclaman cuando oyen hablar de sus milagros, cuando escuchan la autoridad de sus palabras, cuando miran cómo acoge a los enfermos y a todos los que padecían algún mal. Pero aún no es un verdadero proceso de conversión. En el momento de la persecución lo dejarán solo; en el momento de la prueba huirán y los mismos que ahora lo aclaman son los que lo insultarán y pedirán su muerte. Jesús huye de la fama y del mesianismo basado en los milagros que atraían la atención del más incrédulo. Pide mucho más y exige una verdadera conversión. Hoy tenemos que aprender dos cosas muy importantes de estos textos. La primera será que no debemos darle tanta importancia ni a las alabanzas ni a las críticas. Son pasajeras y nuestra actuación no debe depender de ellas. Será más importante basarnos en la búsqueda del bien y de la justicia. La segunda irá en relación a nuestro seguimiento de Jesús. Es agradable tener respuestas en milagros y favores de acuerdo a nuestras peticiones, pero eso no es lo más importante en nuestro encuentro con Jesús. Debemos revisar nuestra forma de seguir y relacionarnos con Él y permitirle entrar en nuestro corazón para que haga de él su morada. No buscar el milagro fácil, sino la conversión verdadera.