Sagrada Familia de Jesús, María y José. Eclesiástico 3, 3-7. 14-17: “El que teme al Señor, honra a sus padres” Salmo 127: “Dichoso el que teme al Señor” Colosenses 3, 12-21: “La vida en familia de acuerdo con el Señor” San Mateo 2, 13-15. 19-23: “Toma al niño y a su madre y huye a Egipto” Así como la naturaleza ha sufrido con el cambio climático, de igual forma los vientos adversos y los tiempos difíciles se han ensañado contra la familia, esa institución clave para la conformación de la sociedad y de la Iglesia. Parecería que ante tantas adversidades no pueden crecer en estos ambientes familias sanas e individuos integralmente formados. Nos asustamos por la gravedad de los acontecimientos que estamos sufriendo y nos cuestionamos seriamente hacia dónde nos llevarán estos nuevos tiempos. ¿Cómo puede florecer una persona con madurez sicológica, afectiva y social si vive en un ambiente tan hostil? Por todos lados se sienten los ataques a la familia, desde su interior y desde el exterior. Y si es verdad que nos podemos quejar de los enemigos que desde fuera como huracanes, piedras y espinas amenazan destruirla y no la dejan desarrollar, tendremos que reconocer que en su interior también está fuertemente amenazada. Nos podemos quejar del ambiente adverso, de una actitud permisiva que sólo procura el placer, de la migración que provoca separaciones y nuevas ideologías, de los tiempos de trabajo y de estudios que no dan oportunidad para las relaciones, pero lo más preocupante es lo que va aconteciendo al interior de la familia: una resequedad interior, una falta de espiritualidad y un ambiente individualista que rompe la armonía y el sentido de hermandad. Este domingo nos encontramos con la pequeña familia de Jesús, María y José que se desarrollan también en circunstancias difíciles y hostiles. Se perciben las amenazas de un gobernante, Herodes, que obsesionado por su poder, busca destruir al pequeño e indefenso porque se siente amenazado. Se ven obligados a dejar su patria e irse a la aventura hacia un país desconocido, con otra religión, otra lengua, otras costumbres y otras personas. Sin embargo aparece la fortaleza y la unión de esta familia. Y no quiere decir que no hubiera problemas, como si la pobreza, la lejanía o la adversidad no fueran suficientes problemas. Pero hay familias a las cuales los problemas las unen, las obligan a tenerse más en cuenta, las sostienen en ambiente de oración, de fe y de comunidad; en cambio a otras familias los problemas las destruyen y las reducen a la nada. San Pablo en su carta los Colosenses da una serie de consejos que ayudarían a buscar esa espiritualidad de la familia: “Sean compasivos, magnánimos, humildes, afables y pacientes. Sopórtense, perdónense mutuamente… pero sobre todo, tengan amor que es el vínculo de la perfecta unión”. Su consejo lo basa en el amor que Dios nos ha tenido, en el perdón que nos ha otorgado y en sabernos consagrados a Él. “Que en sus corazones reine la paz de Cristo, esa paz a la que han sido llamados, como miembros de un solo cuerpo. Sean agradecidos”. Consejos prácticos que nos pueden ayudar a buscar esa armonía que muchas veces falta en nuestro hogar. Graves retos tendremos que afrontar y buscar nuevos caminos. No basta rasgarse las vestiduras, sino que debemos ser conscientes de las nuevas opciones y de las nuevas formas de vivir, para darles sentido y espiritualidad. Como Iglesia y como sociedad no podemos permanecer con los ojos vendados ante la realidad de madres solteras que tienen que afrontar no sólo la manutención, sino la educación integral de los hijos. Se multiplican las uniones libres, ya sea pofalta de compromiso, por falta de sentido de Dios, o simplemente porque la vida moderna nos está arrojando a la situaciones pasajeras y desechables. Los adolescentes salen muy tiernos de nuestras comunidades