Isaías 42, 1-4. 6-7: “Miren a mi siervo en quien tengo mis complacencias”
Salmo 28: “Te alabamos, Señor”
Hechos 10, 34-38: Dios ungió con el Espíritu Santo a Jesús de Nazaret”
San Mateo 3, 13-17: “Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu Santo descendía sobre él”
El Papa Francisco, al concluir el Sínodo, resaltaba el fundamento de la sinodalidad y de la
corresponsabilidad misionera de todos los miembros de la Iglesia afirmando que “todos somos
bautizados, todos somos hijos de Dios”. Y hoy, al celebrar el bautismo del Señor, también
celebramos el bautismo de cada uno de nosotros.
El ciclo de Navidad se cierra con una manifestación más de Jesús: su bautismo. Poco a poco se ha
ido delineando el rostro del que será nuestro Salvador y hoy se nos manifiesta de una manera
plena y en todo su esplendor: es el Hijo amado de Dios, ungido por el Espíritu y enviado con una
misión muy especial que consiste en manifestar a todos los hombres el amor de Dios. Tres
características que nos ayudan a reconocer a Jesús en su bautismo pero que al mismo tiempo nos
hacen comprender la verdadera esencia del cristiano. Todos somos bautizados en el mismo
bautismo de Jesús y nos injertamos en su cuerpo y en su misma misión. Si contemplamos la
manifestación que hoy nos ofrecen las lecturas sobre el Mesías y Ungido, podremos comprender
la importancia que reviste para nosotros nuestro bautismo que con frecuencia lo hemos reducido
a mero ritualismo, costumbre o hasta sólo un acto social. Somos bautizados y cristianos, pero sólo
de apariencia y no vivimos en plenitud lo que significa ser cristiano.
La primera característica que se manifiesta de Jesús nos la indica la voz que se escucha una vez
bautizado: “Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. Voz que se hace eco
de las palabras anunciadas por Isaías dirigidas al siervo de Yavé: “Yo el Señor te llamé, te tomé de
la mano, te he formado y te he constituido alianza de un pueblo, luz de las naciones”. Son palabras
atribuidas y vividas en plenitud por Jesús, pero al ser injertados en Él por medio de nuestro
bautismo, son palabras dirigidas también a cada uno de nosotros. Por eso hoy, al sabernos
bautizados nos debemos reconocer amados, tomados de la mano y formados con extremo cariño
por nuestro Padre Dios. Cada uno de nosotros tenemos un valor incalculable a los ojos de Dios,
somos sus hijos amados. Sería la primera actitud del bautizado reconocerse amado de un modo
especial por Dios, experimentar su protección y cuidado y vivir plenamente este amor.
San Pedro, sorprendido por la acción del Espíritu Santo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles
reconoce que Dios ungió con el poder del Espíritu Santo a Jesús de Nazaret que pasó haciendo el
bien y sanando a todos los oprimidos. Es la misión que el Espíritu encomienda a Jesús y la misma
misión que se encomienda a todo bautizado. Isaías lo recalca en la misión del siervo: “Promoverá
con firmeza la justicia, no titubeará ni se doblegará hasta no haber establecido el derecho sobre la
tierra… Te he constituido luz de las naciones para que abras los ojos de los ciegos, saques a los
cautivos de la prisión y de la mazmorra a los que habitan en tinieblas”. Así el bautismo no es
solamente una boleta o un certificado, ni el pretexto para una fiesta social, sino un grave
compromiso que asumimos para trabajar en la construcción de una sociedad que viva en justicia y
en paz. Qué tristeza que en un país donde casi todos somos bautizados en una u otradenominación, las tinieblas, la injusticia y la mentira pongan sus reales, como si nuestro bautismo
sólo hubiera sido de apariencia. Tendremos que vivirlo en nuestro interior con todas sus
consecuencias. Un bautizado tiene que ser un enamorado de la justicia y un hombre de esperanza.