Celebramos hoy con toda la Iglesia la Solemnidad de la Anunciación del Señor. Escuchamos en el evangelio las palabras del arcángel Gabriel a María: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Quisiera detenerme con ustedes en dos puntos.
Primero, este anuncio se da en una casa, no en el templo o en la sinagoga. Es increíble el poder de Dios de salir al encuentro de nosotros en todas partes. Hace dos domingos les compartía la reflexión de cómo Dios dice mucho con pocas palabras. A la mujer samaritana le dijo “dame de beber” y ahí empezó su historia; a san Francisco de Asís le dijo “reconstruye mi Iglesia” y ahí comenzó su vocación; a la Madre Teresa de Calcuta le dijo “tengo sed” y eso le cambió la vida. Lo que vemos ahora es que Dios, además de decir mucho con pocas palabras, dice lo que dice donde quiere.
¿Somos capaces de escuchar la voz de Dios en nuestra vida ordinaria? ¿En nuestra casa, en nuestro trabajo, en nuestros estudios? ¿Mientras usamos el automóvil, mientras usamos el celular, mientras vemos una serie? Quizás en esas cosas tan ordinarias -como a María mientras estaba en su casa- Dios quiere decirnos algo que nos cambie la vida.
Segundo punto. Dice el Papa Francisco que cada vez que nos acercamos a la confesión podemos experimentar esas palabras: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”.
“En el centro de lo que experimentaremos no están nuestros pecados sino su perdón. En el centro está Él, que nos libera y vuelve a ponernos en pie” (Papa Francisco).
¿Dónde se queda nuestra mirada? ¿En nuestros pecados, en nuestras fallas y limitaciones, o en el perdón de Dios?
Santa Faustina decía: “Con un ojo veo mi miseria, pero con el otro la misericordia de Dios”. Ojalá nosotros aprendamos esta sabiduría de mirarnos con objetividad, con la objetividad de ser creaturas misericordiadas por el Señor. Solo el sabernos mirados así por Dios nos hará cambiar de vida.