“Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (Lucas 6,36). Escuchamos este mandato de Jesús en el evangelio de la Misa de hoy. No es una invitación, no es un consejo, es un mandato para los que queremos comprometernos a ser cristianos auténticos.
Quisiera invitarles el día de hoy a reflexionar sobre la compasión. En primer lugar, a visualizarnos receptores de la compasión de Dios. Y en segundo lugar, a prepararnos para ser embajadores, mensajeros de esta compasión divina.
Primero, la compasión de Dios.
Benedicto XVI decía: «Dios es Uno en cuanto que es todo y sólo Amor, pero precisamente por ser Amor es apertura, acogida, diálogo; y en su relación con nosotros, hombres pecadores, es misericordia, compasión, gracia, perdón». En otras palabras, podríamos decir que la interno de la Trinidad, Dios es omnipotente, omnipresente, creador…, pero al relacionarse con nosotros, el atributo más fuerte de Él es la compasión, la misericordia, el perdón.
Dice el Papa Francisco: «La compasión es también el lenguaje de Dios. No comienza en la Biblia a aparecer con Jesús: fue Dios quien dijo a Moisés "He visto el dolor de mi pueblo" (Ex 3,7); es la compasión de Dios, lo que manda a Moisés a salvar al pueblo. Nuestro Dios es un Dios de compasión, y la compasión – podemos decir – es la debilidad de Dios, pero también su fuerza. Lo que más nos da a nosotros: porque fue la compasión lo que lo movió a enviarnos al Hijo. Es el lenguaje de Dios, la compasión».
Cuánta paz nos da ver que la actitud de Dios delante de nosotros, delante de nuestras debilidades, es la de sentir compasión. Cuando nos ve caer sabe que lo hacemos no por maldad, sino por debilidad. Y por eso se acerca con compasión, con ternura, a curarnos con su misericordia.
Pero el evangelio nos dice: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo”. Nos invita a no quedarnos en una experiencia personal de recibir compasión, de recibir perdón y misericordia, sino a que llevemos a los demás esta misma experiencia. He aquí el reto para todos nosotros: volvernos embajadores de la compasión, testigos de la misericordia en el mundo.
Ojalá que en esta Cuaresma abramos el corazón para recibir más misericordia divina y que esto nos lleve a transmitirla a nuestros hermanos en nuestros encuentros cotidianos.