La Iglesia primitiva vio en Jesús el modelo del buen pastor y no del mal pastor. Jesús no se preocupa de sí mismo, sino de la voluntad del Padre hacia nosotros. Jesús quiere ayudarnos a cumplir la voluntad de Dios: por eso nos fortalece, nos cura, nos venda las heridas, nos recoge a los descarriados, busca a los perdidos.