Como estrellas estelares brotan en mi mente escenas de la fiesta del 30 de agosto de mi pueblo Chiquián - “Espejito de Cielo”- cuando se aproxima esta fecha. No importa el lugar donde me encuentre: España, Estados Unidos, Brasil o Argentina. O dentro del Perú, desde Tacna a Tumbes, costa, sierra o selva.
Esta manera de ligarnos profundamente a las costumbres de nuestros pueblos o lugares de nacimiento es lo que representa nuestra cultura: comidas, bailes, música, lugares, ropas o lenguaje. Son nuestros signos de identidad colectiva. Están unidos a nuestro ser. Superan nuestra racionalidad. Por eso, cuanto más lejanos y separados estamos, añoramos más, queremos más a nuestra patria. Eso lo dicen, todos los que sienten ese vacío que representa la distancia. Por ello, si se da la oportunidad, procuramos que las vacaciones del año coincidan con la semana de la fiesta. Y, si estamos en Lima, basta un sábado o domingo, o hasta algunas horas para acompañar el día central del 30: asistir al Tedeum, y luego a la fiesta en la casa del Capitán.