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"Y plantó su tienda entre Betel al occidente y Hai al oriente; edificó en ese lugar un altar a Jehová e invocó el nombre de Jehová", Génesis 12:8
"Jesús le respondió: "A donde Voy, no me puedes seguir ahora, pero me seguirás después", Juan 13:36
"Le dijo Pedro: Señor, ¿por qué no te puedo seguir ahora?" Juan 13:37
"...Y salió sin saber a dónde iba", Hebreos 11:8
¿Has "salido" de esta manera? Si así es, no hay ninguna afirmación lógica posible cuando alguien te pregunta qué estás haciendo. Una de las dificultades en la obra cristiana es esta pregunta: "¿Qué esperas hacer?" No sabes lo que vas a hacer. Lo único que sabes es que Dios sabe lo que estás haciendo. Examina continuamente tu actitud hacia Dios y ve si es un "salir" de todo, y confiar en Dios enteramente. Es esa actitud la que te mantiene en perpetua admiración, porque no sabes lo que Dios va a hacer luego. Cada mañana que te despiertas va a ser un "salir" apoyándote con confianza en Dios. "No os acongojéis por vuestra vida... ni por vuestro cuerpo", Lucas 12:22. No te preocupes por las cosas por las cuales te preocupabas de “salir”.
¿Has estado preguntándole a Dios lo que vas a hacer? Nunca te lo dirá. Ni Dios te dice lo que va a hacer. Te revela quién es. ¿Crees en un Dios obrador de milagros y saldrás en completa rendición a Él, hasta que no te sorprendas en lo mínimo de cualquier cosa que haga?
Suponte que Dios es el Dios que tú sabes que es cuando estás más cerca de Él. ¡Qué locura es entonces la preocupación! Que la actitud de tu vida sea un continuo "salir" dependiendo enteramente de Dios, y tu vida tendrá un encanto inefable que será una satisfacción para Jesús. Tienes que aprender a salir de convicciones, de credos, de experiencias, hasta que, en lo que atañe a tu fe, no haya nada entre tú y Dios.
"Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.", Filipenses 1:19-21
La versión inglesa de "mofad", del versículo 20, dice: "siendo mi vivo deseo y esperanza que nunca me sienta avergonzado, pero que ahora como siempre, honre a Cristo en mi propia persona con valor intrépido."
Lo sumo mío por lo supremo de Él. Siendo mi vivo deseo y esperanza que nunca me sienta avergonzado. Todos nos sentiremos muy avergonzados si no cedemos a Cristo sobre el punto que nos ha pedido que nos rindamos a Él. Pablo dice: "Mi determinación es ser lo sumo mío por lo supremo suyo". El llegar a eso es cuestión de voluntad, no de argumentos, ni de razonamientos, sino de una rendición de la voluntad. Una absoluta e irrevocable rendición sobre ese punto. Una consideración presuntuosa sobre nosotros mismos es lo que nos detiene para hacer esta decisión, aunque nos digamos que estamos considerando a otros. Cuando consideramos lo que costará a otros nuestra obediencia al llamado de Jesús, es como si le dijéramos a Dios que Él no sabe lo que esta obediencia costará a otros.
Prosigue al blanco. Él lo sabe. Excluye toda otra consideración y mantente ante Dios solo para esto: lo sumo mío por lo supremo de Él. He determinado ser absolutamente y enteramente de Él. Resuelto a todo por adquirir su santidad. Sea la vida o sea la muerte no importa. Pablo ha determinado que nada le detendrá a hacer exactamente lo que Dios quiere. La orden de Dios obrará una crisis en nuestra vida si no queremos acatar su manera más suave. Él nos trae hasta el lugar donde nos pide lo sumo nuestro para Él y empezamos a discutir. Entonces, Él produce una crisis providencial donde tendremos que decidir en pro o en contra y desde ese punto empieza la gran bifurcación. Si la crisis te ha sobrevenido en cualquier sentido, rinde tu voluntad a Él absoluta e irrevocablemente.
"Porque no saldréis apresurados ni iréis huyendo, porque Jehová irá delante de vosotros y vuestra retaguardia será el Dios de Israel", Is.52:12 Seguridad del ayer
"...Dios restaurará lo pasado", Eclesiastés 3:15
Al terminar el año nos volvemos con gran avidez hacia todo lo que Dios tiene para el futuro. Sin embargo, la ansiedad fácilmente aparece cuando recordamos el pasado. Nuestro gozo actual, el cual depende de la gracia divina, tiende a opacarse por el recuerdo de los pecados y los errores del pasado. Pero como Dios es el Dios de nuestro ayer, permite que los recordemos para convertir el pasado en un ministerio de desarrollo espiritual para enfrentar el futuro. Él nos recuerda el pasado, para que no tengamos una seguridad superficial en el presente.
Seguridad para el mañana. Jehová irá delante de vosotros. Esta es una bondadosa revelación de que Dios hará guardia donde nosotros hemos dejado de hacerlo. Él vigilará para que no caigamos nuevamente en las mismas faltas, como indudablemente sucedería si Él no fuera nuestra retaguardia. La mano de Dios se alarga hasta el pasado para liquidar todas las demandas que existen contra nuestra conciencia.
Seguridad para hoy. Porque no saldréis apresurados. Al recibir el nuevo año, no lo hagamos con ese apresuramiento impetuoso de la alegría olvidadiza, ni con la huida de una irreflexión impulsiva, si no con el poder paciente que surge cuando sabemos que el Dios de Israel irá delante de nosotros. El pasado nos muestra daños irreparables. Es cierto que hemos perdido oportunidades que nunca volverán, pero Dios puede transformar esta ansiedad destructiva en una constructiva reflexión para el futuro. Dejemos que el pasado duerma, pero que duerma en el pecho de Cristo.
Abandona el pasado irreversible en las manos de Dios y avanza hacia el irresistible futuro con Él.
"...Todas mis fuentes están en ti", Salmo 87:7
El Señor nunca "remienda" nuestras virtudes naturales. Él vuelve a hacer al hombre por completo en su interior. "...Vestíos del nuevo hombre", Efesios 4:24. En otras palabras, encárgate de vestir a tu vida natural con todo lo que armonice con la nueva vida. La vida que Dios implanta en nosotros desarrolla sus propias virtudes nuevas; no las virtudes de Adán, sino las de Jesucristo. Observa cómo Dios, después de haber comenzado en ti el proceso de la santificación, hará marchitar la confianza en tus virtudes y potencias naturales, hasta que aprendas que tu vida debe nacer de la fuente de la vida, es decir, del Jesús resucitado. ¡Dale gracias al Señor si estás pasando por una experiencia de sequía!
La señal de que Dios está obrando en nosotros es que Él destruye nuestra confianza en las virtudes naturales, porque no son promesas de lo que seremos, sino los residuos que nos recuerdan para qué nos creó Él. Nos apegamos a esas virtudes mientras todo el tiempo Dios ha estado tratando de ponernos en contacto con la vida de Jesucristo, la cual nunca se puede describir en función de las virtudes naturales. Es muy triste ver a personas que tratan de servir a Dios y que dependen de aquello que la gracia de Dios nunca les dio, pues su dependencia está únicamente en lo que recibieron por herencia natural. Él no toma nuestras virtudes naturales y las transforma, porque de ninguna manera ellas pueden siquiera acercarse a lo que Jesucristo quiere. Ningún amor natural, ninguna paciencia natural, ninguna pureza natural pueden alcanzar la altura de sus demandas. Pero a medida que armonizamos cada partícula de nuestra vida corporal con la vida nueva que Dios nos dio, Él irá manifestando en nosotros las virtudes que caracterizaron al Señor Jesús.
Y toda virtud que poseemos es sólo de Él.
"Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él", Juan 6:66
Cuando Dios, por medio de su Espíritu y a través de su Palabra, te da una visión clara de su voluntad, debes andar en la luz de esa visión. Aunque tu mente y tu alma se emocionen por ella, si no andas, en la luz, caerás a un nivel de servidumbre nunca planeado por el Señor. La desobediencia mental a la visión celestial te volverá un esclavo de ideas y puntos de vista que son completamente ajenos a Jesucristo. Nunca se te ocurra mirar a otro y decir: "Bueno, si él puede tener esos puntos de vista y prosperar, ¿por qué yo no?" Debes andar en la luz de la visión que se te ha dado a ti. No te compares con los demás ni los juzgues. Eso queda entre ellos y Dios. Si discutes y argumentas cuando te das cuenta de que cierto punto de vista en el cual te has deleitado choca con la visión celestial, surgirá en ti un sentido de propiedad y de derecho personal. A ese sentido Jesucristo no le dio ningún valor y siempre se opuso a el porque lo consideraba la raíz de todo lo que era ajeno a él "...La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee", Lucas 12:15. Si no lo vemos y entendemos así, es porque estamos ignorando los principios fundamentales de las enseñanzas de nuestro Señor.
Somos propensos a recostarnos y regodeamos en el recuerdo de la maravillosa experiencia que tuvimos cuando Dios nos reveló su voluntad. Si hay alguna norma del Nuevo Testamento que la luz de Dios te ha revelado y no te pones a la altura de ella y ni siquiera te sientes inclinado hacerlo, comienzas a descarriarte porque significa que nuestra conciencia no responde a la verdad. Nunca podrás ser el mismo después de que una verdad te haya sido revelada. Ese momento te señala como un discípulo de Jesucristo que sigue adelante con mayor devoción, o como un desertor que retrocede.
"...Si no os volvéis y os hacéis como niños", Mateo 18:3
Estas palabras del Señor se refieren a nuestra conversión inicial; pero debemos regresar continuamente a Dios como niños, es decir, convertirnos a Él continuamente, todos los días de nuestra vida. Si confiamos en nuestras propias capacidades y no en Dios, originaremos ciertas consecuencias de las cuales Él nos hará responsables. Cuando Dios en su soberanía nos dirige hacia situaciones nuevas, debemos cuidar de que nuestra vida natural se someta a la espiritual, obedeciendo las indicaciones del Espíritu Santo. Que hayamos respondido adecuadamente en el pasado no garantiza que lo repitamos. La relación que existe entre lo natural y lo espiritual es una relación de continua conversión, pero es ahí donde con frecuencia nos negamos a obedecer. El Espíritu de Dios no cambia en ninguna situación que enfrentemos y su salvación permanece inalterable; pero, debemos vestirnos del nuevo hombre (ver Efesios 4:24). Dios nos hace responsables cada vez que rehusamos convertirnos. Él ve nuestra negativa como una obstinada desobediencia. Nuestra vida natural de ninguna manera debe gobernar. Es Dios quien debe ejercer su gobierno en nosotros.
Rehusar la conversión continua es una piedra de tropiezo en el desarrollo de nuestra vida espiritual. En nosotros existen apilamientos de obstinación desde donde el orgullo escupe al trono de Dios y dice: "No me someteré porque no encuentro esto malo". Convertimos en dioses a nuestra independencia y terquedad y las identificamos con nombres equivocados. Lo que Dios considera como una debilidad obstinada, nosotros lo identificamos como una fortaleza. Hay áreas enteras de nuestra vida que aún no han sido sometidas, lo cual sólo se puede lograr mediante la continua conversión. De una manera lenta, pero segura, podemos reclamar todo el territorio en nosotros para el Espíritu de Dios, sometiéndolo.
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