Cuando nosotros leemos la Biblia, sin duda creemos que Dios puede y quiere hablarnos a través de ella, pero su mensaje principal está en la verdad que intentó decir desde un principio, no en la forma en que nosotros podamos aplicarla a nuestra vida.
Y ahí, sin miramientos sociales, sin los límites culturales, simplemente Jesús desbordó su corazón y su alma con aquellas lágrimas surgidas del profundo dolor que le embargaba.
Que Dios haga misericordia. Que Dios se apiade de él. Que Dios aplaque su justa ira contra él. Que Dios lo perdone aún sin merecerlo. Que Dios cubra su pecado con el manto de su justicia y lo perdone solo por amor. Eso es ser propicio.
Solo aquel que entiende que no merece nada. Que no es digno de nada. Que cualquier bien recibido, por pequeño que sea es algo a lo que no tenía derecho y Dios en su infinita misericordia se lo entregó, podrá tener una idea clara de lo que significa la gratitud.
Nada alegrará más el corazón del Padre que vernos acercarnos a él. Nos abrazará, nos sanará, nos restaurará y nos llevará a la mesa del banquete, a deleitarnos en el gozo de su amor y a alegrarnos en la paz que da el sabernos suyos.
No, ser cristiano no es fácil. Seguir a Jesús tiene un costo y eso jamás lo ocultó el Maestro. Ahí está. A la vista de todos. No podemos decir que estaba en letras chiquitas.