Digamos sí a Dios en nuestras decisiones diarias y en las grandes llamadas de la vida, confiando en que esto cambiará nuestra historia para mejor, tal como el sí de María cambió el curso de la historia.
Reconozcamos la Divina Misericordia de Dios, que nos ama incondicionalmente a pesar de nuestros defectos y pecados, y difundamos su amor y misericordia en el mundo.
Vayamos al mundo entero y proclamemos el Evangelio, compartiendo la fe y la esperanza que hemos recibido, recordando que la muerte no tiene la última palabra y que somos amados infinitamente por Dios.
Cuidemos nuestra amistad con Cristo, fortalezcamos nuestra fe a través de la Eucaristía y, si no podemos comulgar o acercarnos a la iglesia, hagamos oración e invitemos a Jesús a quedarse con nosotros.
Vivamos y anunciemos que Cristo está vivo hoy, que da sentido a nuestras vidas y que su amor nos salva, permanezcamos cerca de él y seamos fieles al Evangelio recibido para dar un testimonio gozoso y coherente del amor de Dios.
Recordemos siempre que, a pesar de nuestras tristezas y miedos, es Cristo quien guía y sostiene nuestra iglesia, y no permitamos que la tristeza nos ciegue a su presencia y resurrección.
Aceptemos que Dios puede usar a cualquiera para transmitir su mensaje, sin importar su pasado o su educación. No nos subestimemos, Dios puede servirse de nosotros para llegar al corazón de otros.
Celebremos la Resurrección del Señor, agradezcamos su sacrificio, busquemos su luz en nuestras vidas, pidamos perdón por nuestros pecados y recordemos que nuestro Dios es un Dios de vivos.
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En "Encuentros con la Palabra" encontrarás cada día un pequeño y sencillo comentario del pasaje del Evangelio que la Iglesia nos proponga.