Honremos a San José, sigamos su ejemplo de servicio y amor, confiemos en Dios como él lo hizo, apoyemos a los padres de familia y pidamos por la santidad de nuestros sacerdotes.
Reconozcamos nuestros pecados, busquemos el perdón de Dios y tratemos a los demás con la misma paciencia y amor que Jesús demostró hacia la mujer adúltera.
Aprendamos a no despreciar a nadie, a reconocer la presencia de Jesús en cada persona y a entender que ni la sabiduría ni las riquezas de este mundo otorgan una mayor dignidad.
Nunca perdamos la esperanza en la posibilidad de cambio y curación, y siempre cultivemos la humildad, reconociendo nuestra imperfección y la grandeza de Dios.