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Alude a una limitación física o mental. Es decir, un tarado, alguien que tiene una tara, o un límite. Se utiliza también la palabra para denominar el límite de peso máximo permitido en los camiones. Se habla de tara máxima. En Brasil, tara alude a un desvío sexual principalmente. Se utiliza más el adjetivo, ser un tarado que el substantivo. O la locución tener una tara por algo, cuando a alguien le gusta mucho alguna cosa. En español, la tara portuguesa se expresaría con vicio y la familia, como vicioso, además de obseso.
Domingo sagrado. River y Boca en el Monumental. Como siempre, voy a las 11 de la mañana con el pollo preparado por mi vieja para aguantar hasta las 5 de la tarde por lo menos. No sé si por ansiedad o por seguridad, siempre iba temprano para conseguir un lugar en las tribunas protegido por un para-avalanchas. De paso veía la tercera, la reserva y por supuesto la primera. Aquel domingo conseguí colarme en la platea baja de la tribuna Centenario, la que da para Figueroa Alcorta. Justo debajo de la hinchada visitante. En general me gustaba ir a la tribuna San Martín, cerca de donde estaba la antigua cabina de radio, apuntando hacia el círculo central. Mi método era infalible. Me paraba en la entrada de socios, aprovechaba mi baja estatura que dura hasta la fecha y mi extrema delgadez que perdí hace tiempo y le pedía a algún tipo que dijera que yo era su hijo. Me daba la mano y pasaba el molinete con él. Listo. A salvo dentro del club como si yo también fuera socio. En general me gustaba ir a la tribuna San Martín, cerca de donde estaba la antigua cabina de radio, apuntando hacia el círculo central. Otras veces me colaba, como en aquel domingo, en la platea baja de la Centenario y me sentaba cerca de la gorda Matosas. ¡Qué personaje! Matosas era un crack uruguayo por el cual River pagó 33 millones de pesos. El tipo era un defensor impecable. Usaba la número seis y era incapaz de hacer un foul. Todo un caballero. Si no me equivoco, nace allí el apodo de Los millonarios. No recuerdo bien si yo estaba acompañado por mis compañeros de aventuras adolescentes o aquel día estaba sólo. Lo que sí recuerdo es la ovación con que Amadeo Carrizo era recibido mientras trotaba desde el centro de la cancha hasta el arco de Figueroa Alcorta. Era una ceremonia consagrada desde siempre. El grito de Amadeeeeeo, Amadeeeo retumbaba por el cemento mientras él se acomodaba en el centro del arco, después marcaba el césped del área chica con los botines a la altura de los postes y empezaba el peloteo. Amadeo parecía un malabarista. La paraba con la mano derecha y la devolvía por la izquierda de su cuerpo rodeando la pelota por la cintura con una seguridad asombrosa. Ese día se sacó la gorra y la tiró dentro del arco. O a un costado, no me acuerdo. La gorra era su cábala. Antes de empezar el partido, Ángel Rojas que vivía siempre provocándolo, especialmente en la Bombonera, le afanó la gorra. Así, en un movimiento inesperado se acercó al arco y salió corriendo como un polizón. Claro, la hinchada de Boca festejó ruidosamente la travesura de Rojitas. Si no me equivoco, el árbitro se la hizo devolver, y empezó el partido. Somnoliento, aburridísimo. Cero a Cero. Un fiasco. Nada para contar, salvo el amague que Amadeo le hizo a Madruga haciéndole creer que estaba en off side, cuando en realidad estaban mano a mano y bastaba hacerle un pase a la red, como diría Menotti. Obedeciendo instrucciones paternas, una vez terminado el partido yo siempre permanecía en la cancha hasta que que quedase semi vacía. quel fatídico domingo resolví esperar en la bandeja da la Centenario desde donde, como si fuera un balcón, se veía perfectamente la esquina de Lidoro Quinteros y Figueroa Alcorta.
Desde lo alto, de repente veo hinchas de River y de Boca peleándose entre ellos y la policía montada cargando con sus caballos y machetes sobre la gente. La obligada dispersión llevó a los de Boca a tratar de entrar de nuevo a la cancha mientras todavía una multitud bajaba por las escaleras rumbo a la avenida. Así se inicia la mayor tragedia del fútbol argentino. Los hinchas que consiguieron entrar y comenzar a subir a contramano por las escaleras, resolvieron cerrar las puertas plegables en tijera como las de los viejos ascensores para protegerse de la policía. Flujo y contraflujo. Los que subían tropezaban y los que bajaban se los llevaban por delante debido a la inercia provocando una involuntaria masacre de cuerpos amontonados unos sobre otros. Dispersada la multitud y terminada la pelea, de repente resuelvo mirar para el campo de juego pensando que había llegado el momento de volver tranquilo a casa y me encuentro con un escenario dantesco. Decenas de cuerpos desparramados por el césped. Médicos, enfermeros, bomberos y policías tratando de reanimarlos practicando un inútil boca a boca y vaya uno a saber que otros procedimientos para tratar de devolverles la vida. Recuerdo que algunos despertaron de su agonía. Muy pocos. Mi curiosidad o tal vez simplemente el morbo, me llevaron a saltar la fosa que separa la tribuna del campo y comenzar a caminar entre los cuerpos morados, casi todos muertos por asfixia. Fue la primera vez que vi gente muerta. Recuerdo especialmente el rostro hinchado de un señor con pinta de cabecita negra, con un inédito color violeta que lo habían abandonado después de infructuosos intentos para reanimarlo. Mientras tanto, las radios y la tele ya daban la noticia y el teléfono público más cercano estaba en Barrancas de Belgrano. Bueno, me dije. Cuando llegue, era una media hora a pata, los llamo a mis viejos para avisarles que estoy bien. La abuela Cata, cada 15 minutos llamaba a casa y preguntaba como estábamos. Mi mamá le decía que bien pero en realidad ni se había enterado. Probablemente estaría viendo alguna película o leyendo un libro.
Mi viejo, como todos los domingos a la tarde se encerraba en su dormitorio para escuchar música clásica, así que ni mu. Mi vieja se preguntaba porque tanta insistencia de su mamá hasta que finalmente conseguí llamarla y contarle lo que había sucedido. Al día siguiente pasé en coche por la cancha. Frente a la puerta 12 había una montaña de zapatos y zapatillas. Dos policías cuidaban el lugar, no vaya a ser que también otros Rojitas se afanasen los huérfanos calzados. Los rumores decían que la masacre se produjo porque no habían retirado los molinetes de control de ingreso de la gente. A la semana siguiente, las hinchadas cantaban: “No había puertas, no había molinetes, era la policía que cargaba con sus machetes”.
Tal fue el impacto de la tragedia que River resolvió cambiar la numeración por letras. La puerta 12 ahora se llama Puerta L. Curiosamente y creo que por mera coincidencia, la hinchada de Boca pasó a la historia como la 12. El jugador número 12.
Dice Gustavo Bueno en Calidad de vida y ciudadanía, que todos deberíamos andar en bicicleta en lugar de coger el coche de manera indiscriminada para ir al trabajo, y en el caso de usar un vehículo motorizado, el autobús, con chófer. Sin estrés, sin traumas. También añade en relación al trabajo que todas las empresas deberían implementar dos turnos. Uno de los turnos trabajaría 3 días por semana y el otro 4. A la otra semana al revés, es decir, la primera 4 días y la otra 3. Todo ello sin estrés, sin traumas. Hay otras, los apartamentos deberían conformarse en torno de baños públicos para así no disponer todos ellos de residuales y así no tener cada uno que hacer las necesidades en privado, es decir, usurpando al individuo tanto temporal como geográficamente el tiempo destinado al asiento en la taza del wáter, que es cosa muy particular y placentera, pero dispendiosa.
Esta discusión rebalsa el recinto académico instalándose en las mesas de los cafés, en las reuniones de amigos, en asados domingueros en familia, en el buffet del abogado, entre periodistas en la redacción de los diarios de mayor tiraje.
Cuando una conversación se orienta con total libertad, de inmediato surge un panorama adverso, oscuro, de repente la temperatura se eleva y los males argentinos aparecen sin que por supuesto nadie se considere responsable. La inteligencia argentina ejercita sus armas y prueba su puntería contra su propio país, por eso es tan difícil gobernar una comunidad que desarrolló una manera de autocriticarse como si se trata de la realidad de un planeta distante.
Otros admiten que el pecado original no son los indígenas ni los colonizadores sino la institución colonial
Los males derivarían tanto de las extensas zonas desérticas (Sarmiento en Facundo) como de los indígenas sin cultura, como del colonizador que se aisló del resto de Europa mientras que en América continuó un proceso medieval cuando el resto del mundo ya había entrado en la Modernidad. Se planteó la necesidad de independizarse para europeizarse.
Otros admiten que el pecado original no son los indígenas ni los colonizadores sino la institución colonial, gobiernos a distancia que impondrían un ordenamiento abstracto contraponiéndose a un pueblo pasional.
Tratamos de identificarnos con los modelos franceses, ingleses y después con los yanquis y cuando todos estos modelos sucumbían por su propio dinamismo, y entraban en crisis nos dejaban descolocados sin saber para donde correr.
Otros dirán más tarde que el mal estaría en la europeización que por querer asimilar productos culturales importados, conocer otros idiomas, traducir, recibir visitantes, mostrarles nuestro conocimiento que hasta ellos mismos no conocían. En la literatura, en la ciencia, en filosofía en la política estábamos representados. Tratamos de identificarnos con los modelos franceses, ingleses y después con los yanquis y cuando todos estos modelos sucumbían por su propio dinamismo, y entraban en crisis nos dejaban descolocados sin saber para donde correr.
Crecimos ocultando nuestro pasado indígena y colonial, aquí está el mal: un complejo: el de menor valía “La Argentina como sentimiento”- Víctor Massuh.
La obsesión por una identidad que no se tiene explicaría un poco que en Argentina haya 154 psicólogos por cada 100.000 habitantes, muy por encima de la media mundial y regional.
"La siesta del martes", una de las primeras obras de Gabriel García Márquez, es una novela corta que destaca por su estilo conciso y su capacidad para explorar temas sociales y humanos profundos en un entorno rural de Colombia.Publicada en 1962, esta obra sigue a una madre y su hija mientras visitan el pueblo donde su hijo ha sido enterrado tras su muerte en un intento de robo. La historia se desarrolla durante un día caluroso de domingo, en el que la madre y la hija llegan al pueblo y se enfrentan a la hostilidad y la indiferencia de sus habitantes.García Márquez utiliza una prosa sutil y evocadora para capturar la atmósfera sofocante y opresiva del pueblo, así como para revelar las tensiones sociales y económicas subyacentes que lo dominan. A través de los personajes y sus interacciones, el autor examina temas como la pobreza, la injusticia social, el poder y la redención. La figura de la madre, en particular, emerge como un símbolo de resistencia y dignidad frente a la adversidad.Una de las fortalezas más destacadas de la novela es su capacidad para sugerir profundidades emocionales y psicológicas sin recurrir a una prosa excesivamente descriptiva. García Márquez utiliza un lenguaje sencillo pero poderoso para transmitir el sufrimiento y la esperanza de sus personajes, lo que permite al lector empatizar con ellos y reflexionar sobre cuestiones universales de la condición humana. Ambientada en un día caluroso de domingo, la historia se desarrolla principalmente durante la siesta, cuando madre e hija llegan al pueblo y se enfrentan a la hostilidad y la indiferencia de sus habitantes.A lo largo de la narración, se revelan detalles sobre la vida del hijo fallecido, así como las circunstancias que llevaron a su muerte. La madre, una mujer fuerte y decidida, se muestra firme en su búsqueda de justicia y comprensión, a pesar de la oposición y el rechazo de los lugareños. A medida que la historia avanza, se exploran temas como la pobreza, la injusticia social, el poder y la redención, todo ello a través de las interacciones entre los personajes y su entorno.La novela culmina con un momento de reconciliación entre la madre y el padre del joven fallecido, que se encuentra encarcelado. Aunque no se alcanza una resolución completa, la historia deja entrever la posibilidad de perdón y renovación en medio de la adversidad.En resumen, "La siesta del martes" es una obra que muestra la maestría narrativa de García Márquez al explorar temas universales a través de un lente localizado, y destaca por su prosa evocadora y sus personajes memorables.
En una soleada tarde de verano, en el parque de la comunidad, un grupo de niños disfrutaba de su tiempo jugando al fútbol. Entre ellos, María, una niña enérgica de 8 años, estaba corriendo tras el balón cuando tropezó y cayó al suelo. Sus amigos, preocupados, corrieron hacia ella y notaron que se había torcido el tobillo. María, con lágrimas en los ojos, se agarraba el tobillo mientras sus amigos trataban de tranquilizarla. La señora Carmen, una vecina que había estado observando el juego desde un banco cercano, se acercó rápidamente para ayudar. Después de evaluar la situación, decidió llamar al número de emergencias para pedir ayuda médica. Mientras tanto, los otros niños rodeaban a María, tratando de mantenerla tranquila y confortable. Después de unos minutos que parecieron eternos, llegaron los paramédicos y trasladaron a María en una camilla hasta la ambulancia. La madre de María, quien había sido contactada por la señora Carmen, llegó al parque justo a tiempo para acompañar a su hija al hospital. Afortunadamente, después de ser evaluada por el médico de urgencias, se determinó que María había sufrido una torcedura de tobillo y no había fracturas. Con un vendaje adecuado y algunas recomendaciones para el cuidado en casa, María estaba lista para regresar a casa.
En la sala de emergencias, la calma se rompió cuando ingresó Marta, una mujer de 60 años, en estado crítico.Presentaba una combinación de síntomas preocupantes: dificultad respiratoria aguda, dolor torácico y un nivel alarmante de saturación de oxígeno. El equipo médico, enfrentándose a una situación de emergencia clínica, se apresuró a estabilizarla.Sin embargo, la complejidad aumentó cuando surgió una arritmia cardíaca potencialmente fatal, desafiando la capacidad del equipo para mantener la estabilidad hemodinámica.La situación limítrofe se agravaba con la escasez de ciertos medicamentos y la necesidad de una intubación inmediata. La toma de decisiones críticas se volvía inminente al evaluar los riesgos y beneficios de las opciones de tratamiento disponibles. La falta de información detallada sobre el historial médico de Marta añadía incertidumbre, generando preguntas sobre posibles contraindicaciones.
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