Jesús sanó a miles de enfermos, resucitó muertos, predicó, enseñó y cumplió la Ley a cabalidad. Nunca cometió pecado, fue un gran hijo, hermano, amigo, maestro ejemplar y muchas cosas más. Pero nada de esto se compara con haber sido quien vino a cumplir la voluntad de Dios de morir como el Cordero del Sacrificio, por el pago de nuestros pecados, quien resucitó, quien nos libró del poder del pecado y con ello de la muerte.