¡Cómo necesitamos ser empáticos, ponernos en los zapatos del otro y compartir sus sentimientos!
¿quién habitará en tu tabernáculo? El salmista responde a esta pregunta en este decálogo:
Sólo el de conducta intachable que practica la justicia, quien de corazón dice la verdad, que no habla mal de nadie. que no hace daños a su amigo ni ofende a su vecino, el que mira con desprecio a quien desprecio merece pero honrar a quien honra al Señor, el que cumple sus promesas aunque le vaya mal, el que presta su dinero sin exigir intereses, el que no acepta soborno en contra del inocente.
No somos intachables , no cumplimos promesas, ni hacemos lo bueno, esa es la verdad y la realidad de nuestra naturaleza pecaminosa pero Dios envió a su hijo Jesús al mundo para implantar en nosotros una naturaleza divina.
Jesús alguna vez le dijo a Nicodemo: “tienes que nacer de nuevo para entrar al Reino de Dios”. Lo que nace del cuerpo es cuerpo, lo que nace del Espíritu es Espíritu. Es necesario nacer en el Espíritu de Dios.
No habrá una nueva naturaleza en nosotros a menos que el Espíritu de Dios habite en nosotros. Dios quiere santificar nuestro cuerpo con su presencia para que le obedezcamos.
Jesús renovará nuestra mente, controlará nuestra lengua para no hablar mal de nadie, derramará su amor en nuestros corazones para ser solidarios con quienes nos rodean, a hablar con la verdad.
El salmista David también pecó pero David confesó sus pecados a Dios y le pidió: Crea en mí un corazón limpio y renueva la firmeza de mi espíritu.
Jesucristo puede renovar y limpiar nuestro corazón, convertir nuestro corazón en un templo para procurar el bienestar de los demás.