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PADRE JOHN KENNY
Marcos 12, 38–44
Jesús enseñaba diciendo:
“Cuídense de los escribas,
a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras,
recibir saludos en las plazas,
ocupar los primeros asientos en las sinagogas
y los mejores lugares en los banquetes.
Devorán los bienes de las viudas
y aparentan hacer largas oraciones.
Ellos recibirán una condena más severa.”
Después, Jesús se sentó frente al lugar de las ofrendas
y observaba cómo la gente echaba dinero en el tesoro.
Muchos ricos daban en abundancia.
Llegó una viuda pobre
y echó dos pequeñas monedas,
todo lo que tenía para vivir.
Entonces Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:
“En verdad les digo
que esta viuda pobre ha dado más que todos los demás.
Porque todos dieron de lo que les sobraba;
pero ella, desde su pobreza,
dio todo lo que tenía,
todo su sustento.”
PADRE JOHN KENNY
Marcos 12, 35–37
Mientras enseñaba en el Templo, Jesús dijo:
“¿Cómo dicen los escribas
que el Mesías es hijo de David?
David mismo, movido por el Espíritu Santo, dijo:
‘Dijo el Señor a mi Señor:
siéntate a mi derecha
hasta que ponga a tus enemigos
debajo de tus pies.’
Si David mismo lo llama ‘Señor’,
¿cómo puede ser solamente su hijo?”
Y la multitud lo escuchaba con gusto.
PADRE JOHN KENNY
Marcos 12, 28–34
Un escriba se acercó a Jesús
y, viendo que les había respondido bien a los demás, le preguntó:
“¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”
Jesús respondió:
“El primero es:
‘Escucha, Israel:
el Señor nuestro Dios es el único Señor;
amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón,
con toda tu alma,
con toda tu mente
y con todas tus fuerzas.’
Y el segundo es:
‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo.’
No hay mandamiento mayor que estos.”
El escriba le dijo:
“Muy bien, Maestro.
Tienes razón al decir que Dios es uno
y que no hay otro fuera de Él;
y amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas,
y amar al prójimo como a uno mismo,
vale más que todos los holocaustos y sacrificios.”
Jesús, viendo que había respondido sabiamente, le dijo:
“No estás lejos del Reino de Dios.”
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
PADRE JOHN KENNY
Marcos 12, 18–27
Se acercaron a Jesús unos saduceos,
que dicen que no hay resurrección,
y le preguntaron:
“Maestro, Moisés nos dejó escrito:
si el hermano de alguien muere dejando esposa y sin hijos,
su hermano debe casarse con la viuda
para darle descendencia.
Había siete hermanos.
El primero se casó y murió sin hijos.
El segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos.
Lo mismo el tercero.
Y ninguno de los siete dejó descendencia.
Después de todos, murió también la mujer.
En la resurrección, cuando resuciten,
¿de cuál de ellos será esposa?
Porque los siete la tuvieron como mujer.”
Jesús les respondió:
“Están equivocados,
porque no conocen ni las Escrituras ni el poder de Dios.
Cuando resuciten de entre los muertos,
ni los hombres tomarán esposa
ni las mujeres marido,
sino que serán como los ángeles en el cielo.
Y acerca de que los muertos resucitan,
¿no han leído en el libro de Moisés,
en el pasaje de la zarza,
cómo Dios le dijo:
‘Yo soy el Dios de Abraham,
el Dios de Isaac
y el Dios de Jacob’?
No es Dios de muertos,
sino de vivos.
Están muy equivocados.”
PADRE GUSTAVO GODINEZ
Marcos 12, 13–17
Enviaron a algunos fariseos y partidarios de Herodes
para sorprender a Jesús en alguna palabra.
Llegaron y le dijeron:
“Maestro, sabemos que eres sincero
y que no te importa quedar bien con nadie,
porque no te fijas en apariencias,
sino que enseñas el camino de Dios con verdad.
¿Es lícito pagar impuesto al César o no?
¿Debemos pagar o no?”
Pero Jesús, conociendo su hipocresía, les dijo:
“¿Por qué me ponen a prueba?
Tráiganme una moneda para verla.”
Se la llevaron, y Él les preguntó:
“¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”
Le respondieron:
“Del César.”
Entonces Jesús les dijo:
“Den al César lo que es del César
y a Dios lo que es de Dios.”
Y quedaron admirados de Él.
PADRE JOHN KENNY
Marcos 12, 1–12
Jesús comenzó a hablarles en parábolas:
“Un hombre plantó una viña,
la rodeó con una cerca,
cavó un lagar, construyó una torre
y la arrendó a unos viñadores;
después se fue de viaje.
A su tiempo, envió un servidor
para recibir de los viñadores
su parte de los frutos de la viña.
Pero ellos lo golpearon
y lo enviaron con las manos vacías.
Volvió a enviarles otro servidor;
a este lo hirieron en la cabeza y lo insultaron.
Envió a otro, y lo mataron.
Y a muchos más:
a unos los golpearon
y a otros los mataron.
Todavía le quedaba uno:
su hijo amado.
Finalmente lo envió a ellos, pensando:
‘Respetarán a mi hijo.’
Pero aquellos viñadores se dijeron:
‘Este es el heredero.
Vamos a matarlo
y la herencia será nuestra.’
Entonces lo agarraron, lo mataron
y lo arrojaron fuera de la viña.
¿Qué hará el dueño de la viña?
Vendrá, acabará con los viñadores
y entregará la viña a otros.
¿No han leído esta Escritura?:
‘La piedra que rechazaron los constructores
ha llegado a ser la piedra angular;
esto es obra del Señor
y es admirable a nuestros ojos.’”
Ellos comprendieron que Jesús había dicho la parábola por ellos;
querían arrestarlo,
pero tuvieron miedo de la multitud.
Y dejándolo, se fueron.
PADRE DIEGO PAEZ
Juan 3, 16–18
Jesús dijo:
“Porque tanto amó Dios al mundo,
que entregó a su Hijo único,
para que todo el que crea en Él
no perezca,
sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo
para condenar al mundo,
sino para que el mundo se salve por Él.
El que cree en Él no es condenado;
pero el que no cree
ya está condenado,
porque no ha creído
en el nombre del Hijo único de Dios.”
PADRE LUCAS TENIER MACHADO
Marcos 11, 27–33
Llegaron de nuevo a Jerusalén.
Mientras Jesús caminaba por el Templo,
se acercaron los jefes de los sacerdotes, los escribas y los ancianos,
y le dijeron:
“¿Con qué autoridad haces estas cosas?
¿Quién te ha dado esa autoridad?”
Jesús les respondió:
“Les voy a hacer una pregunta;
si me contestan, les diré con qué autoridad hago esto.
El bautismo de Juan,
¿venía del cielo o de los hombres?
Respóndanme.”
Ellos discutían entre sí:
“Si decimos ‘del cielo’, dirá: ‘¿Por qué no le creyeron?’
Y si decimos ‘de los hombres’…”
Pero tenían miedo de la gente,
porque todos consideraban que Juan era realmente un profeta.
Así que respondieron a Jesús:
“No sabemos.”
Entonces Jesús les dijo:
“Pues yo tampoco les digo
con qué autoridad hago estas cosas.”
PADRE JESUS MORA
Marcos 11, 11–26
Jesús entró en Jerusalén y fue al Templo;
observó todo, y como ya era tarde, salió hacia Betania con los Doce.
Al día siguiente, saliendo de Betania, tuvo hambre.
Vio de lejos una higuera con hojas y fue a ver si encontraba algo;
pero no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos.
Entonces le dijo:
“Que nadie vuelva a comer fruto de ti.”
Y sus discípulos lo oyeron.
Llegaron a Jerusalén, y entrando en el Templo,
comenzó a expulsar a los que vendían y compraban allí;
volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas,
y no permitía que nadie transportara cosas por el Templo.
Y les enseñaba diciendo:
“¿No está escrito:
‘Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones’?
Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones.”
Los jefes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo eliminarlo,
porque le tenían miedo, ya que toda la gente estaba impactada por su enseñanza.
Al caer la tarde, salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca desde la raíz.
Pedro, recordando, le dijo:
“Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.”
Jesús les respondió:
“Tengan fe en Dios.
En verdad les digo:
si uno dice a este monte:
‘Quítate y arrójate al mar’,
sin dudar en su corazón,
sino creyendo que sucederá lo que dice,
le será concedido.
Por eso les digo:
todo lo que pidan en la oración,
crean que ya lo han recibido,
y lo obtendrán.
Y cuando se pongan a orar,
si tienen algo contra alguien, perdonen,
para que también su Padre que está en el cielo
les perdone sus ofensas.”
PADRE GUSTAVO GODINEZ
Marcos 10, 46–52
Llegaron a Jericó.
Y cuando Jesús salía con sus discípulos y mucha gente,
un mendigo ciego, Bartimeo (hijo de Timeo),
estaba sentado junto al camino.
Al oír que era Jesús de Nazaret, comenzó a gritar:
“¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!”
Muchos lo reprendían para que se callara,
pero él gritaba más fuerte:
“¡Hijo de David, ten compasión de mí!”
Jesús se detuvo y dijo:
“Llámenlo.”
Llamaron al ciego:
“Ánimo, levántate, te llama.”
Él arrojó su manto,
dio un salto
y fue hacia Jesús.
Jesús le preguntó:
“¿Qué quieres que haga por ti?”
El ciego respondió:
“Maestro, que pueda ver.”
Jesús le dijo:
“Vete, tu fe te ha salvado.”
Al instante recobró la vista
y lo seguía por el camino.
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