A veces, sin darnos cuenta, empezamos a valorar a las personas por lo que hacen, por lo que resuelven, por lo que aportan o por lo útiles que nos resultan. Admiramos al fuerte, al eficiente, al que siempre puede, al que produce, al que responde rápido. Pero cuando alguien se enferma, envejece, se cansa, necesita ayuda o deja de rendir igual, fácilmente cambia la manera en que lo miramos.