Si el matrimonio se sostiene solo “por costumbre”, tarde o temprano se cobra la factura. El amor se cuida o se enfría. Y no se enfría con un gran escándalo: se apaga con pequeñas negligencias repetidas. Conversaciones reducidas a logística, silencios que se vuelven rutina, gestos de afecto que se dejan “para después”, y un trato que, poco a poco, pierde delicadeza. Ahí empieza el desgaste real, el que nadie ve desde afuera.