Jesús llama a los doce. No a los sabios de su tiempo, ni a los influyentes, sino a pescadores, recaudadores de impuestos, hombres comunes. Y no los llama para acompañarlo solamente, sino para enviarlos. Les da poder, sí, pero no para lucirse. Les da autoridad, pero para servir. Les encarga una misión concreta: sanar, liberar, anunciar que el Reino de Dios está cerca.